Día libre. Los rayos del sol no interrumpen mi actividad habitual. Hace calor, un poco. Esa preciada sensación ha estado oculta a la luz de la oscuridad, que mandaba a sus soldados del frío a las calles madrileñas. Ambos bandos deliraban entre revolución y revolución. En los últimos tiempos, se han cruzado las miradas numerosas veces. La tregua de las estaciones, en donde cada bando iba a lo suyo, se acabó. Se agravó la cosa a partir del año pasado.
Y mis microdepresiones me atacaban -aún lo hacen- a la hora de consultar el tiempo. Si salía algo decentillo, se esfumaba al día siguiente. Comerciaban con ilusiones. Las nubes llegaban. En medio de este bullicio temporal que obligaba a reformas constantes de armario, la lluvia ausente estaba. Sólo apareció muy de vez en cuando por aquí y su desaparición fue igual de fulminante.
¡Sorpresa, el Calor se asoma! Pero nunca pasó de medio intenso. El verano pasado fue toda una muestra de cómo vivir sin ventiladores de ningún tipo. Me sentaba y esperaba a que alguna gota de sudor asomara por ahí. A veces era eterno, el viento me lo impedía. Incluso en algunos días la temperatura bajaba hasta que me veía obligado a ponerme ropa de manga larga.
Y a la vez que las hojas caían, llegaba el frío. Un frío que sonaba a puñalada con cuchillo de fruta. ¿Nieve? Esta cosa que ves en los cuentos de fantasía, amigo. ¿Frío siberiano? Recuerdo remoto, amigo. ¿Frío sin ton ni son? Has dado en el clavo. ¿Servidor se quejaba? Sí, por el sobrevalorado frío. ¿Que aparecían 20 grados salvajes en enero? Pues poca cosa, a disfrutar del ambiente.
Y tras meses dubitativos con temperaturas entre 10 y 15 grados, apareció de sopetón el calor al asomar abril en el calendario. Otra vez al fondo del armario, a reformarlo para aquellas camisetas tan monas y simpáticas. El futuro inmediato se presenta sombrío, la voz de la lluvia está llegando a nuestros oídos -más bien a los de los satélites ésos que te sueltan el tiempo-. Y de nuevo variaciones alocadas de temperatura, sin dejar paso al calor hasta dentro de un buen tiempo como anuncian en mi página meteorológica de referencia. Lo raro es que aún no me haya llegado la fiebre, debe ser cosa de la resistencia natural ésa.
Lo milagroso es ver a esas plantas tan alegres en medio de toda esta locura. También el olor primaveral. Todas esas sensaciones condensadas para ti en el bullicio de la gran ciudad, en un contexto terrible, qué maravilla… Interesante es ver una margarita a la vez que me contamino con un Mercedes viejo. Un amalgama de contradicciones que me llena, qué cosa.
En fin, que un rayo loco me ataque mientras el polen invada mi nariz en medio de un parqué de coches modestos. Qué demonios, magna satisfacción tendré.
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