Primera parte – Desde el final, número 250 y pico de la calle hasta la plazuela

No, no está el Monstruo Inmundo de la Cloaca
Pongo un pie, luego otro y por último el primero. Repito esta operación una y otra vez en una acera que hay entre un túnel para coches -humanos, fuera- largo y una cómoda hilera de chalés. En realidad es donde termina la calle que vamos a comentar, Villamil. Lo que ocurre es que he empezado por el final, como todo buen inconsciente. Pero nada, sigamos. Abandono aquellos simpáticos orígenes de la susodicha calle. Entro en la verdad, la terrible verdad del lugar.
Miro. ¡Un brillante edificio de la era del Caudillo! ¡Un fósil! Lamentablemente no es para abrazar. Digamos que se pasa un ‘poquito’ de las dimensiones humanas estándares para su posterior achucho (tamaño aproximado de una persona corriente). Y está adornado con grietas, tuberías del presente que se cuelan por fuerza en edificios del pasado y hollín, cosas que siempre hacen bonito, aunque paradójicamente ofendan a la vista.

¿Aún no habéis terminado con la construcción del Monstruo Inmundo de la Cloaca? Tiene que ser vuestra mascota por cojones.
Sigo caminando, encuentro más miga para cubrirla aquí. Un taller inofensivo, los cuales abundan en Villamil, que me importa un comino. Y publicidad anciana de una autoescuela que te habla de pesetas variadas, plagios de mascotas de Disney -supongo que a Chop lo llamarán Juanito- y teléfonos de 7 números que eliminan el molesto 91 -otra muestra de nacionalismo español que tantos ojos de seres humanos nacidos en los 90 hemos visto-.

Debería cobrar usted pensión, ¿no, cartel?
¡Oh! Hallo una calle adyacente. El Ser Supremo no repartió la belleza para todos, ahí absolutamente todos los edificios son iguales con pocos matices, esforzándose por conseguir más fealdad. Aparte de los talleres que no me importan nada, aparecen bares tan viejos que en ellos se pueden reconocer viejas tipografías y logotipos como “Camy”, helados fósiles que sin duda no encontrará en su nevera más próxima.
Arribo. Otra calle adyacente aparece, con un edificio del mismo estilo sólo que con rejas recortadas, buen ejemplo del decorar por decorar en un inconsciente intento por ser más bello que nadie. Y una iglesia de horrendo gusto que parece estar diseñada para hacer apostatar a todo católico vivo, dificultar que sea bendecida y espantar a los arzobispos y al Papa para los restos.

Eso sí que es penitencia para Jesús y no las mariconadas de los romanos éstos de buscarle un alojamiento en una cruz.
También observo lugares aplicados en capas de pintura para disimular los daños del tiempo, adornadas con cristales rotos y rejillas oxidadas. Supongo que no desentonan con la tónica general del lugar, casas del Caudillo y sus VPO que empiezan a sufrir el avance del duro tiempo. Avanzo más arriba. Y una tercera calle adyacente veo, San Restituto. La fealdad devastadora es más o menos la misma, se ve que Villamil marca una tendencia. Por eso de la coherencia urbanística y tal.

Al final de este camino, usted verá la luz. Hay chalés floridos esperándole en brazos y familias felices utópicas.
Si notaba un olor viciado a conservadurismo, ahora he logrado detectar la fuente. Al final de la primera parte de Villamil, brutalmente interrumpida por una plaza que comentaré luego, hay un colegio religioso, concertado y tricéfalo. Por no hablar de que tiene siete colas. No sé si será casualidad, pero en Madrid sólo veo colegios de éstos en ambientes donde se respira conservadurismo rancio.
¡Ah! Finalizo la primera parte de la calle comentando brevemente la otra acera. Hay un buen parque que respira mucho verdor y da fresquito. Sin duda, el Ser Supremo pudo compensar a los habitantes de la zona lo que sufrieron a raíz del gusto de sus arquitectos.

Oh, muchas gracias, Gran Ser Supremo. ¡Usted es bueno, da zonas verdes! ¡Usted es guapo!