
¡Nuevo centro escolar concertado bilingüe! ¡De 0 a 18 años! ¡Con ofertas especiales para familias numerosas! ¡Ven ya! Paisaje idílico para el alumnado, valoramos la motivación. Fortificado contra gamberros y vándalos.
Agradecimientos a un tal luipermom, uno de tantos seres que aportan a la red.
Alguien tenía que dejarse de postales turísticas y paisajes utópicos, que la ciudad también tiene su encanto. ¡Pasen y contemplen mis gustos en esta materia! ¡Vean cómo puedo adorar cual fanático un paisaje compuesto por mera suciedad y deficiente sentido del gusto! ¡Qué encantador es, comparado con el infernal campo lleno de malicioso aire puro y ecología devoradora de niños!
-Plaza llena de gente en un día nublado y rodeada por edificios de pisos modernos de escasa altura.
Bienaventurados navegantes; soy el señor “Sensaciones Procedentes del Cielo sin Orden ni Concierto”. Nuestro individuo de pruebas número 953, McManus, está solito en una acera con una serie de cosas que odia; el excesivo tráfico, el humo de los cochecitos que hacen ruido regando el ambiente, niños que son la mejor evolución de la mosca cojonera, bancos ocupados todo el rato para que no pueda reposar sus posaderas, un carísimo Hipercor esperándole con las puertas abiertas y el etcétera acosándole para hacer más largo el texto. Pero yo me meto en el alma del dueño de este blog para que se sienta extrañamente aliviado y que le traiga muchas preciosas sensaciones.
-Calles anchas con acera, mucha acera y arbolitos. ¡Eso sí, sin mucha gente!
Por muchos monstruos inmundos de la Cloaca, tiendas de armas, fanáticos de toda clase de ésos que vienen en packs surtidos o lo que haya, yo siempre adoraré una calle como ésta. En medio del caos, donde Godzilla pasaría como un viandante más pese a poseer un aliento un tanto especial, los árboles me proporcionan calma y paz -eso sí, tragando previamente todas las bobadas urbanas como el tabaco-. También es requisito imprescindible el poseer una acera ancha. La comodidad se siente, sin tener que practicar el sigilo y la infiltración entre paseantes que practico a menudo en aceras estrechas o en obras. Cuando el ayuntamiento se pasa por ahí a cortar árboles, el estómago se me hace un nudo. Creo que un día de éstos, junto a la papelera del cuarto, colgaré un cuadro con alguna avenida arbolada en pleno atasco. Así inmortalizaré una cosa placentera que se convertirá en una rutina más.
-Término municipal de la ciudad.
El monstruo de ladrillo, compuesto por edificios de novísima construcción, contempla con voracidad ese páramo que conforma el fin de los dominios invisibles de la ciudad. Mientras tanto, yo disfruto observando espacios vírgenes mientras delibero entre esa acera final o la sección de carretera regional/nacional que hay un poco más adelante, con quitamiedos incluido. Si las vallas comerciales nos venden un paraíso soleado con aguas azules, no voy a ser menos. Disfrutaré de un paraje bello y muy cercano, un páramo seco típico de Castilla, con edificios de toneladas a mis espaldas.
Esa adoración a esta clase de lugares la he mamado desde que era un tierno niñito, por cierto. Quizás responda a un deseo desviado de explorar tierras vírgenes e intrincadas que se quedó en el plano local. ¡Arrr, al serrrrrvicio! ¡Vamos a contemplarrrrr el futuro barrio de El Pardo!
-Colegio fortificado.
Ahora que los chavales han empezado a apreciar el olor del mobiliario típico de un colegio español (suele rebosar verdor militar), observo con admiración una colina urbanizada en medio de Madrid. Unas vallas y, en lo más alto, un colegio aprendiendo de los alcázares. Entiéndalo, las hormonas de la secundaria se suelen rebelar y nada como un centro escolar fortificado para resistir asedios tales como “La Gran Revolución Estudiantil de Otro Aburrido Lunes”, manifestado en las pintadas existentes en sus muros modernos, con barrotes metálicos.
Yo, encantado. Miro con somera curiosidad y pienso: “Qué original es” para, a continuación, irme del lugar falsificando mi sentimiento generalizado de indiferencia.

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