
Figura 1.1 ¡Cuidado, el dinero opresor está dobladito! ¡Tiene dientes de leche!
Pretendía volver a materializar una fantasía de mi niñez que apareció de repente en mi mente, pero con cordura y planificación. Realicé concienzudos estudios sobre mi capacidad financiera para acometer la adquisición de un bien, seguramente barato. Aquellos estudios pasaban por mirar mi cartera y meterla en el bolsillo de mi pantalón, aparte de contemplar un billete doblado de veinte euros que andaba suelto por la habitación y exhibirlo impúdicamente para Cerebro de Espuma S.L.

Figura 1.2 Amenazador. Fascinante. Abrumador. ¿Qué demonios digo?
Y el camino a la búsqueda de esa fantasía, un estúpido objeto material, que justificaría la pérdida de parte de mi presupuesto empezó. Estaba lleno de terribles aceras llanas, sin baches benditos, con todo tipo de tenebrosas facilidades para el peatón corriente. Como mandaba la ilógica, miraba atentamente las pocas calles que iba cruzando, así evitaba recibir un golpe de suerte por parte de los coches que iban a gran velocidad por el bien del urbanismo.

Figura 1.3 Imagen prestada del archivo de Flickr. Soldados que buscan cómo salir de un plástico.
Esta utopía material, de marcado carácter militar, no la pude alcanzar, y eso que en mi infancia la disfrutaba en su plenitud. En las estanterías de los tres todo a cien genéricos que escudriñé no había rastro de estos simpáticos seres verdes inmóviles, con una base de apoyo grande por debajo de sus pies que se atrevía a divagar sobre el origen de los que supuestamente iban a servir a un ejército norteamericano de juguete; un escueto “Made in China”. Soldados, asépticos, con escasa expresividad, sin personalidad y pacíficos, que dan lugar a las imaginaciones más disparatadas.
Figura 1.4. He aquí una bestial innovación en el mundo de la escritura, el 357º pie de foto de la historia sin foto.
Y ahora, no podré desplegar por el suelo a mi ejército bien ordenado de plástico para montar grandes e increíbles historias de ficción que engorden el archivo de mis weblogs… Se repite exactamente la misma escena, sin los soldados en el escenario. Ah, otra escena. Yo me siento en la silla que acompaña al ordenador, tan mullida ella y con reposabrazos, para imaginar nuevas aventuras, recordando lo que un día llegué a jugar, con mucha inocencia, para formar ejércitos con una organización al nivel de Zambia. ¡Y esta santa casa, la física, no ha perdido nada de espacio disponible, oiga!






