Cerebro de Espuma II

Entradas de Junio 2009

Breve noche de feriado (II)

Junio 22, 2009 · Dejar un comentario

fantasmacornudo
…¿Y que había más allá del tren de la bruja? No tenía miedo ya, ¡debía correr a conocer más en fondo la feria y disfrutar así del delicioso aroma a fritanga, tabaco, alcohol y hasta porros si hacía falta. Hace dos días, me asustaban con ese tren de trayecto estrafalario a la vez que anodino. Hoy mismo, ¡cómo desmontan con rabia unas fiestas ya acabadas!

Restauración

¡Fermosa aorta obstruida en un futuro próximo, adulto! ¡Colesterol por las nubes, articulaciones prácticamente inmóviles y preciosas lorzas! ¡Litros de mala cerveza! ¡Oíd, consumidor adulto! Come, come, ¡come inmundicia grasienta con precios desorbitados! ¡Y diviértete de broma, que te echaremos la mismísima nada en tu cerveza!

A diferencia de otras vulgares y raquíticas ferias, ¡estoy emocionado, o debería estarlo! ¿Qué veo? ¡Albricias, un puesto de vecinos asociados y bien integrados con sus camisetas rojas identificativas observo! En vez de carteles anunciando sucintas ideas para mejorar el barrio, se apela al estómago del vecindario anunciando aceitosos, humeantes y exquisitos chorizos a precios, sorprendentemente, módicos. ¡Una diminuta sonrisa se me dibuja, al fin!

Quiero gritar “¡A robar a Sierra Morena!” y tener mi preciado porcentaje de razón, ¡pero para ello tengo que mirar al otro lado, a ese bar adornado por carteles de un grupúsculo del PSOE! He procurado mantenerme alejado de su barra fríamente metálica, pues temo acabar por pronunciar “quiero sangría, por favor” para que el camarero se abalance sobre mi bolsillo cual vampiro y me conmine a pagar cinco excesivos euros, casi un diezmo en toda regla por disfrutar de sus raquíticos y clónicos servicios.

Por el mismo lado, hallo otro bar. Único en su feriado, ¡tiene más de un eslogan! Me llama la atención especialmente éste: En cada barrio, revolución. Recórdome en demasía a aquel anuncio cubano con la jeta del Ché anunciando fabricación de Vietnams en masa. Y le echo una ojeada. Resulta ser una ensalada de partidos de izquierda, nada extraño en la política líquida de la actualidad. Por un lado, el Partido Comunista. Por otro, Izquierda Unida, vendidos al capitalismo caníbal según algunos comunistas radicales. Como el agua y el aceite, se fusionan en armonía para ofrecer buena bebida norteamericana y fritanga deliciosa. De sus precios nada vi, nada sé.

Misceláneas.

Las fiestas de la Dehesa, un dechado de originalidad, deberán contener trazas de elementos discordantes. Disculpemos así a tantos que quieren una feria mediocre más, ¡no la tendrán!

La concentración de gente en una noche veraniega algo fresquita no impresionaba. Me asusté para mi bien. Había una paulatina evolución en la lógica humana de nuestra nación. Las colas y las aglomeraciones seguían existiendo, cómo no. Sin embargo, algo novedoso y poco constante ocurría en algunos tramos: ¡yo podía caminar sin chocarme con nadie!

Por cierto, para el ojo cínico de un sociólogo bisoño, este antro fresco de degeneración y vicio, como diría un recalcitrante y típico moralista, servía para estudiar y observar, a menudo con sorpresa y desconcierto, las tendencias de cierta juventud madrileña en los viernes calurosos tras la conclusión de un curso más de nuestra educación secundaria en general. Y para los salidos, representaba una magnífica oportunidad de alegría y tristeza a la vez: el bamboleo de senos femeninos firmes y bien desarrollados, habitualmente acompañados por las apasionadas manos de machos alfa en desarrollo listos para mantener el crecimiento demográfico del país en un futuro.

Para rematar la cosa y echar sal marina a esta sección, una estrafalaria historia me aconteció.

Mis posaderas pongo en una silla de plástico para suscribir estas líneas con tiento y descanso. Unos segundos después, tras un muy breve garrapateo con mi bolígrafo negro, se me bendice con una mano en mi hombro. Y detrás veo a un adulto con una tremebunda cogorza encima que me tiene atrapado durante muchos minutos para darme cháchara con supina incoherencia. En su otra mano, la que no hizo contacto con mi cuerpo, hay una curiosa posesión de carácter muy temporal. Un gigantesco vaso de plástico de cerveza barata.

Hállome yo, cagado de miedo por mi natural cobardía, completamente desconcertado. Por sus señas deducí que trataba de reemplazar, en pequeña escala, al Gran Hermano para vigilarme y señalarme. Me encanta el absurdo en sus formas artísticas, ¡pero este absurdo real superó todo lo que pudieran imaginar unos guionistas, por muy buenos que fueran, con su lógica! De asuntos sobre zonas madrileñas, saltaba a un Numancia sin referencia concreta alguna, me mandaba callar o me hablaba muy sucintamente de varios países del Oriente Próximo.

Y se reveló este monstruo realista con un sonoro, exagerado y paranoico “Yo controlo las casas y fiestas”. El absurdo seguía en acción. Me habló de un Movimiento indeterminado, luego me dijo que fuéramos amigos para acabar estrechando nuestras manos. Remató con una antológica cita, “yo trabajo, tu mal movimiento”, llevándome al desconcierto. Antes de poder levantarme, me asaltó con más chorradas. Escapé andando cuando se cansó. Libre era, soy y seré. No he vuelto a saber de aquel hombretón completamente locuelo. ¡Venid, Samuel Beckett e Ionesco! ¡Miradme! ¡Escribid algo!

¡Por el amor de la ley natural, se me bendice con una experiencia cutre y alucinante para poner un poco de sal a mi estándar y aburrida vida de ciudadano europeo!


Acábose aquesta crítica saliéndome de la feria y conociendo la cruda realidad: coches juntándose en una especie de aparcamiento improvisado y las vergüenzas traseras de algunas atracciones, amén de la emigración e inmigración de ciudadanos que aplastan aún más la hierba del parque madrileño de la Dehesa de Villa en su búsqueda o huida de una noche presuntamente divertida. Mozalbetes, ¡reciclen este texto si quieren criticar ferias españolas, que a fin de cuentas son bastante clónicas!

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Breve noche de feriado (I)

Junio 20, 2009 · Dejar un comentario

fiestado
Fiestas de la Dehesa de Villa, cálida y desagradable noche de junio en pleno término de esta primera década del siglo XXI. Calle cortada, luces abundantes. Así fue, así le contamos de manera socarrona aquella pieza secundaria en la continua carrera por la irregularidad de la dignidad humana.

Barriga sobresaliente a la vez que ‘chic’, con el aliento de una cerveza aún flotando en su boca, con una mano ocupada y cariñosa, un hermoso, anodino y cutre conjunto compuesto por una camiseta roja sin mangas de índole claramente deportiva, pantalones oscuramente azules ideales para una pachanga de baloncesto y sandalias andrajosas. No nos olvidemos del pelo que asomaba en su pecho, el sudor de serie que llevaba incorporado en su corpachón y, por último, andares desganados a la vez que firmes.

Era yo. Tendría que ser un paradigmático padre de familia manufacturado en España, pero no. Era yo mismo, un mozuelo joven al cual los poderes fácticos le atribuían un esplendoroso futuro sin máculas. Y ahí estaba, suscribiendo estas líneas con un hermoso cuaderno verde y un bolígrafo corporativo en vez de llevar a mi supuesto hijo pequeño a entregarse a esta obscena parafernalia de luces y sonidos cutres.

Pies en polvorosa no puse, con fruición deseaba flagelarme al meterme en una feria chica de mi distrito. Sin esperarme higos chumbos afilados a mi anodino paso, me recibieron cálidamente con ruidos escandalosos a lo largo de la corta feria, deformaciones de la música. Algunos las identifican como celestiales gruñidos provenientes de los cassettes de gasolinera. Aquellas experiencias clónicas de feria típicamente española me agradarían.

Con mi inmensa estulticia, berreo esto en interminables párrafos separados por temáticas. Alguien mucho más inteligente y con criterio diría “NOS LO PASAMOS VIEN EN LA FERIA TE KIERO MAZO HUMANO GENÉRICO!”, siempre bien acompañado por una foto con tonos rosados y empalagosa hasta decir basta.

Tómbola.

Si la lotería falla casi siempre en su casa y la administración estatal se la juega siempre con numeritos de la suerte y probabilidades disminuidas en demasía para acabar viendo, muy de vez en cuando, dos raquíticos euros, ¡quítese de toda dignidad y gane un subproducto copiado y chino en la tómbola más cercana e indigna que tenga a su alcance!

Ahí, como en toda feria, observé lo más bajo de la civilización de nuestra carpetovetónica Castilla. En un puesto, boletos rosados desparramados por doquier aparecían bajo mis pies, con el asfalto de la calle Francos Rodríguez como víctima de esos humanos que mantenían una aparente inquina hacia la Suerte. Los premios que ahí se mostraban, salvo un vinillo mediocre y un típico jamón con su choricito, eran bagatelas clónicas manufacturadas en las fábricas más inmundas del Lejano Oriente que, tarde o temprano, adornarían los sótanos o desvanes de los hogares de cierta parte madrileña. Siempre que se fuera afortunado, claro. Personalmente, disfrutaría a rabiar con esos juegos en blanco y negro presentes en la falsa PolyStation que sorteaban. Para terminar machacando la consola con mis puños.

En otro puesto, tras escudriñar más a fondo esta mediocre feria, observé unas sillas de plástico bien dispuestas y ocupadas para recibir a un orador sin brío en sus intervenciones y con el brazo sólo dispuesto a señalar, de buena desgana, a algunos afortunadísimos ganadores. ¡Aprended, políticos carismáticos! Sin salirme del lugar, apasionante televisor de tubo encendido vi. En su pantalla, una mano visible extraía continuamente e incansablemente bolas con números, apelando a la idiosincrasia del juego de azar. ¡Mejor y más anodino que bodrios de las cadenas autóctonas en abierto, como esa Noria Estropeada y Locuela de Telecinco!

Atracciones.

Bajan y suben subrepticiamente. Los niños aparentemente se divierten. Y alegría suprema para el taquillero, que sólo tiene que dar boletos de cutre papel para rentabilizar semejantes monstruos derrochadores de petróleo y carbón.

Están siempre acompañadas por un hilo musical de primerísima calidad, unos diseños pictóricos en sus metálicas paredes que demuestran exorbitante originalidad y valeroso riesgo al usurpar, en muchos casos, personajes a las multinacionales de la industria del entretenimiento audiovisual. Esto último es lo que más se renueva con frecuencia en nuestras ferias para dibujar una sonrisa en aquellos niños ingenuos y bien alimentados por imágenes multimedia.

Cochecitos de movimiento fijo que, con un poco de adaptación, serían celdas diminutas para torturar a disidentes políticos en países con gobierno excesivamente firme, toboganes de goma que acaban por hacer preciosa y dolorosa fricción con pieles infantiles excesivamente secas, automóviles de choque excesivamente suavizados y correctamente políticos que mantienen en vilo a un progenitor cualquiera ante el excepcional riesgo de la diminuta herida que pueda abrir su vástago, y atracciones de movimiento excesivamente predecible, regular y, normalmente, rectilíneo para otorgar regocijo gratuito y falso a los niñitos nerviosos.

Prodigios mecánicos de hace un porrón de años que se han mantenido, en esencia, iguales y clónicos por encima de las circunstancias que han afectado al normal desarrollo del Estado Español. Que perderían frente a formas de ocio más sostificadas y atractivas para los niños como los videojuegos o las películas de Disney, ¡pero siguen al pie de cañón, aprovechando la ingenua y nada sibarita capacidad infantil de goce y diversión!

Con mi actual lógica, ¡no me entenderé jamás con ese niño bastardo que fui hace una década y que disfrutaba irracionalmente de estas estúpidas atracciones, mientras los taquilleros robaban parte del, por aquel entonces, exiguo salario de mis progenitores!


En la segunda parte sigo, con más demagogia y verborrea.

Categorías: La sociedad, mis ojos. · Realidades cercanas

He sido harto malo…

Junio 11, 2009 · 6 comentarios

He escrito abundantes y fútiles disertaciones sobre trolls en esta santa casa, así que ahora me toca hablar de mi abyecta persona, actualmente repleta de pelos marrones, sucias garras, poderosas fauces y con cierta tendencia a babear y a usurpar identidades. Naturalmente, me he empapado del típico regocijo incluido en todo aquel individuo con supremas ganas de tocar las gónadas.

En una bitácora sobre menesteres balompédicos vi a un hombre de pobre racionio que regoldaba esporádicamente, sorprendiendo a unos cuantos habituales con sus burradas de brocha obesa. En los primeros tiempos, yo leí su escaso par de líneas con mínima atención y me lancé a hacer de troll, usurpando su imaginativa identidad, jar-jar niks, para soltar regüeldos aún mejores porque me parecía soberanamente divertido. Naturalmente, en mi primera intervención, el original gritó: “¡Un troll, un troll!”. Se dio cuenta rápidamente de mi aviesa acción, pero sus palabras se perdieron en el vacío infinito.

Participé unas cuantas veces más, en espacios muy separados de tiempo, con el original hablando pero haciendo mutis sobre mis clónicos y absurdos discursos. Este mensaje de anteayer es un claro ejemplo, aunque unos cuantos comentaristas me confundan con el original al cual reclaman por unas palabras erróneas sobre el fichaje de Kaká.

Me he reído una barbaridad a la vez que alguno ha insistido en que el original, a pesar de su pobre variedad de textos, puede transformarse en un ser del absurdo y con grotesco sentido del humor. En el fondo, me merezco un solitario baile frente a un coche abollado por haber hundido un poco más su imagen rellena de máculas. Ése era el principal objetivo, aparte del consabido cachondeo padre. ¡Y lo he logrado! ¡Hurra, es el triunfo más importante de mi vida! ¡Y voy a por más, ni siquiera pienso en el suicidio! ¡A seguir destrozando el panorama nacional de Internet!

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