
…¿Y que había más allá del tren de la bruja? No tenía miedo ya, ¡debía correr a conocer más en fondo la feria y disfrutar así del delicioso aroma a fritanga, tabaco, alcohol y hasta porros si hacía falta. Hace dos días, me asustaban con ese tren de trayecto estrafalario a la vez que anodino. Hoy mismo, ¡cómo desmontan con rabia unas fiestas ya acabadas!
Restauración
¡Fermosa aorta obstruida en un futuro próximo, adulto! ¡Colesterol por las nubes, articulaciones prácticamente inmóviles y preciosas lorzas! ¡Litros de mala cerveza! ¡Oíd, consumidor adulto! Come, come, ¡come inmundicia grasienta con precios desorbitados! ¡Y diviértete de broma, que te echaremos la mismísima nada en tu cerveza!
A diferencia de otras vulgares y raquíticas ferias, ¡estoy emocionado, o debería estarlo! ¿Qué veo? ¡Albricias, un puesto de vecinos asociados y bien integrados con sus camisetas rojas identificativas observo! En vez de carteles anunciando sucintas ideas para mejorar el barrio, se apela al estómago del vecindario anunciando aceitosos, humeantes y exquisitos chorizos a precios, sorprendentemente, módicos. ¡Una diminuta sonrisa se me dibuja, al fin!
Quiero gritar “¡A robar a Sierra Morena!” y tener mi preciado porcentaje de razón, ¡pero para ello tengo que mirar al otro lado, a ese bar adornado por carteles de un grupúsculo del PSOE! He procurado mantenerme alejado de su barra fríamente metálica, pues temo acabar por pronunciar “quiero sangría, por favor” para que el camarero se abalance sobre mi bolsillo cual vampiro y me conmine a pagar cinco excesivos euros, casi un diezmo en toda regla por disfrutar de sus raquíticos y clónicos servicios.
Por el mismo lado, hallo otro bar. Único en su feriado, ¡tiene más de un eslogan! Me llama la atención especialmente éste: En cada barrio, revolución. Recórdome en demasía a aquel anuncio cubano con la jeta del Ché anunciando fabricación de Vietnams en masa. Y le echo una ojeada. Resulta ser una ensalada de partidos de izquierda, nada extraño en la política líquida de la actualidad. Por un lado, el Partido Comunista. Por otro, Izquierda Unida, vendidos al capitalismo caníbal según algunos comunistas radicales. Como el agua y el aceite, se fusionan en armonía para ofrecer buena bebida norteamericana y fritanga deliciosa. De sus precios nada vi, nada sé.
Misceláneas.
Las fiestas de la Dehesa, un dechado de originalidad, deberán contener trazas de elementos discordantes. Disculpemos así a tantos que quieren una feria mediocre más, ¡no la tendrán!
La concentración de gente en una noche veraniega algo fresquita no impresionaba. Me asusté para mi bien. Había una paulatina evolución en la lógica humana de nuestra nación. Las colas y las aglomeraciones seguían existiendo, cómo no. Sin embargo, algo novedoso y poco constante ocurría en algunos tramos: ¡yo podía caminar sin chocarme con nadie!
Por cierto, para el ojo cínico de un sociólogo bisoño, este antro fresco de degeneración y vicio, como diría un recalcitrante y típico moralista, servía para estudiar y observar, a menudo con sorpresa y desconcierto, las tendencias de cierta juventud madrileña en los viernes calurosos tras la conclusión de un curso más de nuestra educación secundaria en general. Y para los salidos, representaba una magnífica oportunidad de alegría y tristeza a la vez: el bamboleo de senos femeninos firmes y bien desarrollados, habitualmente acompañados por las apasionadas manos de machos alfa en desarrollo listos para mantener el crecimiento demográfico del país en un futuro.
Para rematar la cosa y echar sal marina a esta sección, una estrafalaria historia me aconteció.
Mis posaderas pongo en una silla de plástico para suscribir estas líneas con tiento y descanso. Unos segundos después, tras un muy breve garrapateo con mi bolígrafo negro, se me bendice con una mano en mi hombro. Y detrás veo a un adulto con una tremebunda cogorza encima que me tiene atrapado durante muchos minutos para darme cháchara con supina incoherencia. En su otra mano, la que no hizo contacto con mi cuerpo, hay una curiosa posesión de carácter muy temporal. Un gigantesco vaso de plástico de cerveza barata.
Hállome yo, cagado de miedo por mi natural cobardía, completamente desconcertado. Por sus señas deducí que trataba de reemplazar, en pequeña escala, al Gran Hermano para vigilarme y señalarme. Me encanta el absurdo en sus formas artísticas, ¡pero este absurdo real superó todo lo que pudieran imaginar unos guionistas, por muy buenos que fueran, con su lógica! De asuntos sobre zonas madrileñas, saltaba a un Numancia sin referencia concreta alguna, me mandaba callar o me hablaba muy sucintamente de varios países del Oriente Próximo.
Y se reveló este monstruo realista con un sonoro, exagerado y paranoico “Yo controlo las casas y fiestas”. El absurdo seguía en acción. Me habló de un Movimiento indeterminado, luego me dijo que fuéramos amigos para acabar estrechando nuestras manos. Remató con una antológica cita, “yo trabajo, tu mal movimiento”, llevándome al desconcierto. Antes de poder levantarme, me asaltó con más chorradas. Escapé andando cuando se cansó. Libre era, soy y seré. No he vuelto a saber de aquel hombretón completamente locuelo. ¡Venid, Samuel Beckett e Ionesco! ¡Miradme! ¡Escribid algo!
¡Por el amor de la ley natural, se me bendice con una experiencia cutre y alucinante para poner un poco de sal a mi estándar y aburrida vida de ciudadano europeo!
Acábose aquesta crítica saliéndome de la feria y conociendo la cruda realidad: coches juntándose en una especie de aparcamiento improvisado y las vergüenzas traseras de algunas atracciones, amén de la emigración e inmigración de ciudadanos que aplastan aún más la hierba del parque madrileño de la Dehesa de Villa en su búsqueda o huida de una noche presuntamente divertida. Mozalbetes, ¡reciclen este texto si quieren criticar ferias españolas, que a fin de cuentas son bastante clónicas!

