Cerebro de Espuma II

Breve noche de feriado (I)

Junio 20, 2009 · Dejar un comentario

fiestado
Fiestas de la Dehesa de Villa, cálida y desagradable noche de junio en pleno término de esta primera década del siglo XXI. Calle cortada, luces abundantes. Así fue, así le contamos de manera socarrona aquella pieza secundaria en la continua carrera por la irregularidad de la dignidad humana.

Barriga sobresaliente a la vez que ‘chic’, con el aliento de una cerveza aún flotando en su boca, con una mano ocupada y cariñosa, un hermoso, anodino y cutre conjunto compuesto por una camiseta roja sin mangas de índole claramente deportiva, pantalones oscuramente azules ideales para una pachanga de baloncesto y sandalias andrajosas. No nos olvidemos del pelo que asomaba en su pecho, el sudor de serie que llevaba incorporado en su corpachón y, por último, andares desganados a la vez que firmes.

Era yo. Tendría que ser un paradigmático padre de familia manufacturado en España, pero no. Era yo mismo, un mozuelo joven al cual los poderes fácticos le atribuían un esplendoroso futuro sin máculas. Y ahí estaba, suscribiendo estas líneas con un hermoso cuaderno verde y un bolígrafo corporativo en vez de llevar a mi supuesto hijo pequeño a entregarse a esta obscena parafernalia de luces y sonidos cutres.

Pies en polvorosa no puse, con fruición deseaba flagelarme al meterme en una feria chica de mi distrito. Sin esperarme higos chumbos afilados a mi anodino paso, me recibieron cálidamente con ruidos escandalosos a lo largo de la corta feria, deformaciones de la música. Algunos las identifican como celestiales gruñidos provenientes de los cassettes de gasolinera. Aquellas experiencias clónicas de feria típicamente española me agradarían.

Con mi inmensa estulticia, berreo esto en interminables párrafos separados por temáticas. Alguien mucho más inteligente y con criterio diría “NOS LO PASAMOS VIEN EN LA FERIA TE KIERO MAZO HUMANO GENÉRICO!”, siempre bien acompañado por una foto con tonos rosados y empalagosa hasta decir basta.

Tómbola.

Si la lotería falla casi siempre en su casa y la administración estatal se la juega siempre con numeritos de la suerte y probabilidades disminuidas en demasía para acabar viendo, muy de vez en cuando, dos raquíticos euros, ¡quítese de toda dignidad y gane un subproducto copiado y chino en la tómbola más cercana e indigna que tenga a su alcance!

Ahí, como en toda feria, observé lo más bajo de la civilización de nuestra carpetovetónica Castilla. En un puesto, boletos rosados desparramados por doquier aparecían bajo mis pies, con el asfalto de la calle Francos Rodríguez como víctima de esos humanos que mantenían una aparente inquina hacia la Suerte. Los premios que ahí se mostraban, salvo un vinillo mediocre y un típico jamón con su choricito, eran bagatelas clónicas manufacturadas en las fábricas más inmundas del Lejano Oriente que, tarde o temprano, adornarían los sótanos o desvanes de los hogares de cierta parte madrileña. Siempre que se fuera afortunado, claro. Personalmente, disfrutaría a rabiar con esos juegos en blanco y negro presentes en la falsa PolyStation que sorteaban. Para terminar machacando la consola con mis puños.

En otro puesto, tras escudriñar más a fondo esta mediocre feria, observé unas sillas de plástico bien dispuestas y ocupadas para recibir a un orador sin brío en sus intervenciones y con el brazo sólo dispuesto a señalar, de buena desgana, a algunos afortunadísimos ganadores. ¡Aprended, políticos carismáticos! Sin salirme del lugar, apasionante televisor de tubo encendido vi. En su pantalla, una mano visible extraía continuamente e incansablemente bolas con números, apelando a la idiosincrasia del juego de azar. ¡Mejor y más anodino que bodrios de las cadenas autóctonas en abierto, como esa Noria Estropeada y Locuela de Telecinco!

Atracciones.

Bajan y suben subrepticiamente. Los niños aparentemente se divierten. Y alegría suprema para el taquillero, que sólo tiene que dar boletos de cutre papel para rentabilizar semejantes monstruos derrochadores de petróleo y carbón.

Están siempre acompañadas por un hilo musical de primerísima calidad, unos diseños pictóricos en sus metálicas paredes que demuestran exorbitante originalidad y valeroso riesgo al usurpar, en muchos casos, personajes a las multinacionales de la industria del entretenimiento audiovisual. Esto último es lo que más se renueva con frecuencia en nuestras ferias para dibujar una sonrisa en aquellos niños ingenuos y bien alimentados por imágenes multimedia.

Cochecitos de movimiento fijo que, con un poco de adaptación, serían celdas diminutas para torturar a disidentes políticos en países con gobierno excesivamente firme, toboganes de goma que acaban por hacer preciosa y dolorosa fricción con pieles infantiles excesivamente secas, automóviles de choque excesivamente suavizados y correctamente políticos que mantienen en vilo a un progenitor cualquiera ante el excepcional riesgo de la diminuta herida que pueda abrir su vástago, y atracciones de movimiento excesivamente predecible, regular y, normalmente, rectilíneo para otorgar regocijo gratuito y falso a los niñitos nerviosos.

Prodigios mecánicos de hace un porrón de años que se han mantenido, en esencia, iguales y clónicos por encima de las circunstancias que han afectado al normal desarrollo del Estado Español. Que perderían frente a formas de ocio más sostificadas y atractivas para los niños como los videojuegos o las películas de Disney, ¡pero siguen al pie de cañón, aprovechando la ingenua y nada sibarita capacidad infantil de goce y diversión!

Con mi actual lógica, ¡no me entenderé jamás con ese niño bastardo que fui hace una década y que disfrutaba irracionalmente de estas estúpidas atracciones, mientras los taquilleros robaban parte del, por aquel entonces, exiguo salario de mis progenitores!


En la segunda parte sigo, con más demagogia y verborrea.

Categorías: La sociedad, mis ojos. · Realidades cercanas

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