
Daniel Petric, pase a la ventana 5 si quiere pedir su solicitud para ser hidalgo del Mal. Reúne Ud. con al menos 33 requisitos de 16.
Acontece un sórdido suceso en los EEUU. Observamos a un jovencito, muy estresado al quedarse en casa por un accidente practicando snowboarding, según sus abogados, que se enfrenta sin valor a sus padres, aprovechando demencia de pega y la existencia de armas de fuego en la casa familiar. Ellos, hermosos y responsables progenitores, tratan de arreglar a un adolescente encaprichado por un mero videojuego (Halo 3, comprado a escondidas para más señas) usando la clásica prohibición durante un buen tiempo. Y, ¡caramba!, tragedia con música muy mala: un par de “bang, bang” y ya está. Cae la madre. Sobrevive el papá.
Me imagino la escena así: una hilera de insultos y un par de disparos, con la ira actuando. Y la cosa es dantesca, ¡qué horrenda ha sido la retórica del delincuente! Además de repetir un cliché muy quemado (esto está corroborado): hacer que sus padres se sentaran y luego decirles: “Cerrad vuestros ojos, tíos. Tengo una sorpresa para vosotros”. Finalmente, durante el tiroteo a una banda, el padre, al borde de la muerte, clama: eres mi hijo… eres mi chico. Mensaje que introduce un componente de arrepentimiento en el hijo asesino Daniel Petric.
Peca de absoluta mediocridad toda la escena antedicha. Condenaría igualmente al delincuente, pero confieso que me reiría, en pos del humor macabro, si apostara por ideas más innovadoras para segar vidas humanas como una mejora en su retórica, una apuesta por la fusión entre lo vulgar y lo culto, de manera que aburra a un progenitor:
“Coño, qué mamá más bujarrona tengo… ¿Qué? ¿Cómo que “hijo insolente”? Sí, tú eres ella. Y lo cumples porque tengo pruebas y me guío por poderosas fuerzas escrotales. Ahórrate ese sobresfuerzo inútil de reñirme. Será mejor para nosotros y para tus cuerdas vocales… ¡Déjame jugar al Meltdown Crackness Mad is Going Down 2, putita! ¡Si no, te haré comer heno más huevo hilado con mi hercúlea fuerza y te gritaré en mayúsculas que eres una PUTONA más PUTA!”.
Luego veríamos detalles generales en los mejores libelos como: “Joven mata a su madre por rebeldía”. Y el terror momentáneo se apoderaría de nosotros al profundizar y leer cosillas como “Obligaba a su madre a comer sólo heno. La vigilaba durante horas. Cuando no lo hacía, dicha mujer corría a tomar comida del frigorífico. Y en una de estas ocasiones, el joven vástago la descubrió. Procedió a matarla con un rastrillo, dejando su cabeza bastante deforme tras la friolera de 37 golpes”. Generaría la cosa opiniones recurrentes y breves como: ¡ondia, qué inmundicia humana! o ¡qué mal habla el papiamento, qué mal mata! ¡cómo debería dormir en la prisión, cosa que SÍ HARÁ!.


