Oh te adoro, Nintendo Acción

Semejante parodia de revista* constituyó parte del ritual para pasar de la niñez a la adolescencia, un sucedáneo de aquel animado rito de paso que debería haber recibido en numerosas culturas en todos los tiempos. Mi proceso para adquirirla era ya mecánico. Cuando del pertinente mes ya había transcurrido la mitad, ‘clic’ mental, bajar a la calle y enriquecer al quiosquero con una revistucha de tres euros (antaño, 495 pesetas -si mal no recuerdo-). En el sofá me sentaba tranquilamente. Podía pasar la hora con alegría leyendo lo que era una guía de compras, podía crearme expectativas contemplando imágenes de calidad no muy boyante (así se edificó mi deseo por tener el Wario Ware de GBA) y montándome pajillas mentales con todo lo que podía hacer Nintendo, sin darme cuenta del pastel. Perdonen la digresión, otra anécdota de la revista: de vez en cuando, como en la guía del Yoshi Island que ellos crearon, se delataban en una captura: usaban un emulador de GBA. Eso se sabía gracias a esas letras rojas que decían “save state”.

Volvamos. Es difícil establecer reconstrucción mental, pues casi todas las revistas se fueron al reciclaje hace unos años. De hecho, usted puede estar apuntando sus quehaceres en papel reciclado con los restos de aquel truño de análisis a algún Pokémon (puntuación semiperfecta que cantaba lo suyo, ¡ese 98 en el Pokémon Cristal!). No obstante, se intentará. Más recuerdos: estándares desmesurados a la hora de puntuar (en Hobbyconsolas eran menos generosos). ¡Yo soñaba con sacar, al menos, un 8,8 en todos los exámenes! ¡Y Witch había obtenido eso, un 88! A los quince años me percaté de tal ilógica.

Hace poco vi el horror. La semana pasada marché para el quiosco y lo que pude comprobar en mis propias carnes al mirar de lejos la revistucha fue la misma retórica adolescente-infernal, la que embotó mi cerebro de efebo: encomios coloquiales, titulares gigantescos, vivos colores, orientación de la revista (guía de compras más bien: sus listados de juegecitos -con precio y nota incluida-, ahora con la perspectiva, me parecen simples recapitulaciones de juegos analizados previamente), numerosas páginas de publicidad y todo eso. Tonto de mí: conocía ya el maravilloso mundo de Internet y no lo aprovechaba: ah, la tradición. ¡Compra mensualmente una revistucha desactualizada y con información mala!

Cual habitante melanesio, adoraba incondicionalmente aquellos textos “sagradillos” y hasta los reproducía íntegramente en una web nintendera que mantenía a mis trece años. Iluso de mí: esperaba hacer algo jodidamente original. En mis testículos los espermatozoides estaban a gusto en su nueva vida, pero el sentido común ni siquiera era embrionario. Miraba el análisis del Donkey Kong Country -por supuesto, ¡no jugaba! (el dinero no llega a tanto)-. Y sin reflexión, me convertía en un tierno copista. Tecleaba. Miraba de nuevo. Tecleaba. Análisis alegremente publicado en una web de medio pelo que no miraría casi nadie: sino, bastaría la indignación de un aficionadillo de la Nintendo Acción, envuelta en un hatemail, para quedarme impávido. Más del engendro: qué encantadores tiempos pretéritos, cuando aquella dudilla sobre una edición al azar estaba acompañada por un folio doblado, tinta reseca, sello del rey Juan Carlos I y un sobre, cosa que también se aplicaba en su suplemento de Pokémon (a partir del 2000).

La revistucha venía, asimismo, a hacer compañía en mi cosmovisión del videojuego. Cien de cien al The Legend of Zelda: The Wind Waker, una nota “perfecta”. Ya me excitaba y mi mente de niño-adolescente preguntaba: ¿acaso hay perfección cognoscible en el resto del mundo? ¡Nintendo es la mejor! Fue auténtica fe en la época donde Nintendo subsistía gracias a dos marcas: Game Boy y Pokémon, pues las consolas de sobremesa estaban de capa caída. Me resistí a la opinión imperante de la “Plei”, ganándome aisladas burlas, y menospreciaba a la XBOX, ¡Nintendo, Nintendo! Un Wario Ware de GBA me divertía, demonios (y sigue haciéndolo). Pero nada más, salvo algunos juegecitos de PC que caían por comprillas (un día de 1999 conseguí reunir tres mil pesetas tras mucho esfuerzo y me las fundí en un juego de estrategia ambientado en los EEUU del siglo XIX que nunca llegaría a dominar). ¡Bonitas vendas oculares!

Costó lavarse el fanatismo: aún sin Nintendo Acción (todas se fueron en 2004-2005 a la papelera, perdiendo peso el edificio en donde resido), encomiaba en demasía a la NDS (finales de 2005), menospreciando a la PSP. Reproducía típicos argumentos del buen fanboy moderno: ¡tanto gráfico, no! ¡prima la diversión! ¡Nooo! ¡Ah, lindo sesgo de confirmación!**

En fin,

Oh no te adoro, Nintendo Acción. Hoy no me parto el lumbago para adorarte, revista de tres al cuarto. Me desmerecería.


* No era revista, era el BOE o el No-Do de Nintendo (por algo era oficial, oiga).

** Brevísimo resumen de mi relación con dicha revista.

2 Respuestas a Oh te adoro, Nintendo Acción

  1. Pingback: El Fanboy « Nunc Id Vides, Nunc Ne Vides

  2. Nintendo apesta, como tú

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