Archivo mensual: mayo 2011

Citas extraordinarias requieren pruebas extraordinarias de su autoría

Y parafraseando con el título, ésta es la historia de una frase que ha sido transmitida entre gentes y reinterpretada, perdiendo y ganando matices en el transcurso de varios siglos del pensamiento crítico, en una muestra práctica de la mejor transmisión cultural, la que tiene por vehículo unos cerebros orgánicos imperfectos y con una memoria orgánica que nunca procesa perfectamente toda información.

Para ello me he inspirado en una de las gentes con la que más he aprendido en mi vida, Chemazdamundi, y su extraordinario artículo ahondando en el origen de una de las frases que peor se han citado y que, asimismo, nos da todo un tratado de cómo usar bien las frases y de cómo desconfiar de la gente que parece haber sustituido la capacidad del pensamiento abstracto y de formarse opiniones propias a partir de la información que procesamos por frases que, con algo de esfuerzo, suenan bien y se almacenan en la memoria. Frases que son usadas como comodines para el debate.

Sí, ¿quién no recuerda esa maldita manía de citar autores sin poder hallar referencia concreta alguna? Algunos te dirán que Carl Sagan dijo aquello de que Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias o, en su original, Extraordinary claims require extraordinary evidence, frase comúnmente citada porque es un muy buen epítome del pensamiento crítico y que queda muy bien como encabezado para alguna web del ramo. No quiero dejar de señalar la deliciosa ironía que hay detrás, citando malamente al autor original y desconociendo su trasfondo.

Me la he encontrado varias veces por ahí, pues se ha quedado en las mentes de muchos cuando el mismo Sagan pronunciaba aquella frase en el documental Cosmos, en los comienzos del capítulo 12 (Enciclopedia Galáctica), hablando sobre las pruebas para saber de la existencia de extraterrestres. Sabía que él no la había ideado, pero creía que era de David Hume. Al respecto, nadie debería tener por qué sufrir una página incompleta en la Wikiquote en castellano sobre Hume en donde sólo se menciona como fuente un libro de Círculo de Editores publicado en 1995, sin que aparezca por ningún lado el título del libro ni su autoría.

E investigué porque de los errores se aprende. Escarbando, se puede observar que la frase efectivamente, es de Marcello Truzzi, escrita en 1978, a modo de resumen de una pregunta básica, el grado de evidencia que se necesita para demostrar las aseveraciones paranormales, aunque anteriormente ideada, acorde a su confesión.

La frase apareció ante el mundo en su artículo On the extraordinary: an attempt at clarification. Asimismo hay que agregar que es ligeramente diferente de la enunciada por Carl Sagan. Truzzi dice An extraordinary claim requires extraordinary proof, mientras Sagan pronuncia Extraordinary claims require extraordinary evidence, posiblemente recordando de manera imperfecta esa frase que leyera en la incipiente revista Zetetic Scholar.

Aunque no se pueda confirmar totalmente, esto suena plausible dado que Carl Sagan estuvo durante muchos años en el Committee for the Scientific Investigation of Claims of the Paranormal (CSICOP), dedicado a la investigación crítica de lo paranormal y la ciencia marginal, y es de suponer que fue, además de fundador, un miembro bastante activo, aunque hay que recordar que Truzzi, a pesar de ser también fundador del CSICOP, se fue un año más tarde por desacuerdos y desacordes. Ya fuera de dicha organización, fundó la revista Zetetic Scholar, en donde sale su famosa frase. Es probable que alguien le hablara de dicha revista y que la conociera, pero esto ya va más allá de su investigación. Aunque sea algo muy plausible y que lógicamente puede pasar, no lo puedo confirmar.

O que la leyera también en el primer número de The Zetetic, en 1976, la revista oficial de la CSICOP, ahora conocida como Skeptical Inquirer, bajo la forma de And when such claims are extraordinary, that is, revolutionary in their implications for established scientific generalizations already accumulated and verified, we must demand extraordinary proof, como parte de una editorial escrita por el mismo Marcello Truzzi. Aunque, personalmente, no he podido encontrar dicha editorial, pues en su archivo sólo se halla un artículo de ese primer número. La cita bibliográfica la hallé investigando de dónde procedía dicha frase, por lo que quedaría confiar en quienes pudieron leer dicha revista.

Por otro lado, en una de sus biografías se puede leer que la frase se le ocurrió tras una lectura de David Hume, pero esto no es exacto. De hecho, el artículo en la Wikipedia en inglés es bastante mejor. Si echamos una ojeada a un artículo suyo, On Some Unfair Practices towards Claims of the Paranormal, podemos trazar de manera más exacta las inspiraciones de su frase, siempre que nos fiemos de su testimonio: David Hume, Laplace y demás autores posteriores, en donde no menta a nadie.

Cuando la volváis a usarla, por favor citad a Marcello Truzzi. Por favor. O disfrutad citando a David Hume y su A wise man, therefore, proportions his belief to the evidence, que se halla en su libro An Enquiry Concerning Human Understanding, traducida al español como Investigación sobre el entendimiento humano. También podéis gozar de otra frase de Hume, del mismo libro, que le ha inspirado, de acuerdo a su testimonio, the evidence, resulting from the testimony, admits of a diminution, greater or less, in proportion as the fact is more or less unusual.

O a Laplace, posterior a Hume, de quien asegura Truzzi que es otra de sus inspiraciones, y su The weight of evidence for an extraordinary claim must be proportioned to its strangeness, aunque hay que decir que la Wikipedia cita este artículo como fuente que sólo menciona la frase de Laplace, sin citar de dónde procede, y en Wikiquote no hay nada.

Sacando trocitos de la Sarta de Estupideces (IV): ¡Apela a la tradición!

I

No se han intoxicado con plomo. Caminan entre nosotros. Llevan su vida más o menos bien. Son ciudadanos de pleno derecho. Pueden disfrutar de gozosas condiciones de vida. Nadie se frota a propósito cadmio en la cara. Y gustan de ir al médico científico (oh, en honor a la verdad, no ocurre siempre). Vamos, serían gente absolutamente normal. ¡Si hasta caminan como nosotros!

Sin embargo, a veces hacen tonterías (o a menudo) como nosotros. De la ensalada de sesgos cognitivos y falacias que saborean de continuo, hoy quiero hablarles de una cosa harto común que les ocurre, sobre todo a partir de una cierta edad: el prejuicio cognitivo de la nostalgia, traducido como la falacia de la apelación a la tradición, parte de otra falacia, la ad populum. Y ahí comenzamos a ver las excelencias de la vida acomodaticia y la memoria selectiva: ahórrese complejos análisis del pasado, quédese con las rémoras de excelente pedigrí aprovechando la memoria selectiva.

Así uno puede hacer ya uso de dicha falacia. Caca del pasado, malo. Se borra, fuera. Y ya tenemos esa imagen sesgada del pasado, en donde alguien quedará en decir que España hace veinticinco años era un vergel (o insinuará que es mejor que lo que hay ahora), basándose en detalles superficiales, como que había “menos” malotes (entronca directamente con la estadística intuitiva, en donde la cagamos con gran estrépito).

II

¿Quieren ver un ejemplo práctico? Señores, en los favoritos de mi navegador dormitaba un artículo que viene como anillo al dedo. Justamente ahí hay un canto a la nostalgia campestre, que se culmina con una letra musical un tanto demagogica, cargando las tintas contra la vida urbana (¿no habría que señalar la obviedad de la incertidumbre del futuro, cosa que también ha ocurrido con gentes de todas las generaciones?).

Y lo que puedo leer entre líneas me indica que hay que correr al pasado, siendo ésta la opción segura, aún cuando sea igualmente incierta la aplicación de dichas ideas a la luz de nuevos factores de toda índole, como la revolución verde, que permitió menos trabajadores y mayor producción. O el éxodo rural, que está ocurriendo en los países menos desarrollados (la agricultura en esas zonas, al carecer de acceso a tecnología moderna en muchos casos, es uno de los trabajos más penosos que existen, con una productividad muy baja).

Fiándome de la letra, uno puede ver cómo se confirma esta alusión a un pasado ideal: la idealización del propietario, de la bomba demográfica, de los hábitos antiguos, etcétera. Se observa un enorme simplismo, una incomprensión de lo que ocurre actualmente. Es pura apelación gregaria a los sentimientos, algo que se ve confirmado en los comentarios, como éste, que confunde disidencia con veracidad:

Los gregarios de la partitocracia se molestan porque aún queda aguna hebra rebelde en este uniforme tejido social almidonado. Parece que el derecho a la libertad se reserve a los prosélitos de la Cultura de la Muerte pero es cuestión de tiempo que, como vulgarmente se suele decir, les vaya a salir la burra capada; a todas las consideraciones morales hay que añadir una fuerza de la naturaleza: el instinto de conservación de la especie, radicalmente contrapuesto a los postulados políticamente correctos.

Igual la nostalgia no es tan idílica. En el país al cual alude la letra, Canadá, la mortalidad infantil en el pasado era elevadísima (en 1908, si nacías, tenías más del 20% de posibilidades de espicharla; ahora, poco más del 0,5%). Esto explicaría, principalmente, porqué nacían más personas: la elevada mortalidad era el precio oculto derivado de un crecimiento natural relativamente lento.

Ésta y otras pruebas son necesarias para combatir esa reacción defensiva de la alusión a un pasado ideal, aunque uno sea consciente de que el progreso nunca es lineal, que se puede ir a mejor o peor. Pero, sin duda, los análisis sesgados no ayudarán. Tiene que haber algo más, un análisis crítico que contemple numerosos factores. ¿Podemos hablar de la contaminación, de la transformación de los valores? Vale. Pero también hablemos de cómo se ha descendido brutalmente la mortalidad.

III

Por añadidura, en la misma web hallo un manifiesto que, aunque saluda los ingenios del presente, condena el materialismo y la pérdida del espíritu humano, recurriendo para ello a los clásicos de la filosofía y concepciones anticuadas. No pretenden adherirse a la trascendencia religiosa en un principio, hablando del espíritu en sí, pero al final se ven obligados a adherirse a concepciones profundamente relacionadas con Dios. En los posos, se ve esa sempiterna condena a los contemporáneos, quienes “sólo encuentran el sentido de su vida en el consumismo” y “han sido dominados por el materialismo”.

Parece casi una caricatura imaginarse al ser de la edad media pensando en el sentido trascendental, cuando el intenso trabajo en la agricultura de subsistencia, con muy pocos medios tecnológicos y una productividad bajísima, le agotaba la mente y cuerpo, cuando tenía que sufrir a un señor ávido de beneficios y que tenía sus alianzas políticas, y su analfabetismo era casi absoluto. Y, para acabar de empeorar las cosas, parece que no cita los avances en el respeto de los derechos humanos y la dignidad de las personas como parte del pretendido espíritu, dador de propósito y el argumento que ellos usan para distinguirse de los demás animales. Después de todas esas, en apariencia, profundas palabras sólo queda una visión desoladora y simplista del mundo, como ocurrió con la canción que cité más arriba.

Un mundo parvo en donde hemos perdido el norte y, ¡oh sorpresa!, nuestro tiempo está dominado por el ocio y la producción. Como, ¡oh sorpresa!, antes, sólo que con mucha menos variedad de ocio, otros valores, una estructura socioeconómica muy distinta y trabajos más miserables, con la grave amenaza de las enfermedades: si uno analiza las biografías de numerosos productores de cultura, ciencia y filosofía de hace varios siglos, encontrará cómo, de una manera u otra, tenían situaciones mínimamente gozosas que les permitían más tiempo para reflexionar sobre sí mismos y sobre la circunstancia del mundo, además de tiempo y espacio para crear aquellas obras que a tantos han conmovido. En según qué casos, estaba el mecenazgo o la herencia de fortunas, porque, al fin y al cabo, todo ese reflexionar y crear no es posible sin un mínimo sustento: que nunca se nos olvide nuestra marcada herencia animal.

Y si es por espíritu, conozcamos el proceder violento de la humanidad a lo largo de diversos tiempos y lugares, muy bien contenido en el libro El lado oscuro del hombre, una obra multidisciplinar del etólogo y ecólogo Michael P. Ghiglieri que trata sobre la violencia masculina. O recurramos a ese ensayo del psicólogo evolucionista Steven Pinker sobre la historia de la violencia, en donde nos sugiere que miremos más allá de las cifras absolutas del siglo XX, más de cien millones de muertos por diversas canalladas geopolíticas e ideológicas, y veamos la proporcionalidad: en una simple tribu, el porcentaje de personas asesinadas puede superar al de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial en relación con la población europea del momento.

Parece que no hay mucha coherencia entre la grandeza del espíritu y la violencia como solución fácil a la lucha de recursos en el pasado, cuando la diplomacia y demás sistemas éticos no conocían el grado de desarrollo del cual disfrutamos ahora.

Conviene, nuevamente, recordar la inexistencia de una era dorada a lo largo de la historia, pues todo tiene su precio y nada parece indicar que todos los factores contenidos en la idiosincrasia de una sociedad funcionen cual engranajes maravillosamente dentados y engrasados. Sólo parece ser posible hablar de una época ideal a través de una memoria selectiva y de la ausencia de numerosos factores en el análisis. Todo debe cuadrar, aún cuando sean imprecaciones contra la lógica, para que suene bien. Debe haber una coherencia en el relato, debe haber un panegírico que, a ojos del que sabe de lógica, suena extraño.

IV

A la luz de todo eso, ¿cómo sustentar un pasado idílico? Parece necesaria una falaz reducción al absurdo, ¡digamos ya que los neandertales eran iluminarias que nos hubieran llevado a lo increíble, a algo insólito! Sólo que el curso de la historia, fatalmente, siguió otro camino y nos fuimos degenerando eternamente. Y seguiremos. Dígase eso, mientras el rótulo reza que usted es autoridad en algo. Seguirá faltando a la evidencia, pero qué importa.