Sacando trocitos de la Sarta de Estupideces (VI): Una horrible catástrofe semántica

No se ha visto ningún edificio reducido a escombros. No se ha visto una ciudad fantasma. No se han visto éxodos. No se ha visto una economía de subsistencia. La vida sigue en pie, con sus más y menos. Parece tentador decir que no hay una tragedia, que los agoreros, alejados de lo evidente, echan raíces entre nosotros buscando el mero beneficio y el aprovechamiento de los prejuicios de la gente, ¿verdad?

Espera, no ocurre así. En toda esa aparente tranquilidad, hay una catástrofe escondida. Cayendo en una paradoja, como otros tantos discursos fáciles que se enquistan en una serie de argumentos plausibles, no se cesa de decir que no hay libertad de expresión. Si uno está mínimamente interesado y se mete en estos mundos, se encontrará recurrentemente con esta opinión. Se expresa, como en este caso, de la siguiente manera (en justicia, es sólo uno de los puntos y está casi al final del artículo):

Antisistema, porque la tan proclamada libertad de expresión de nuestra democracia no es real cuando el propio ´sistema´ interpreta que es puesto en cuestión; o en todo caso queda en manos casi exclusivas de los Gobiernos o de los medios de comunicación, que la ejercen a su capricho y/o filtran las opiniones que ellos mismos califican de antisistema, como en el caso del reciente movimiento 15-M.

¿Acaso no se detectan fallos de lógica? Aparte de la clásica referencia a un sistema omnipresente que todo lo manipula, está ese sutil pero no menos horrible desconocimiento del Derecho elemental. ¡Y le tengo que añadir la confusión entre causa y efecto! ¿Se consideraría libertad de expresión si lo que se considera como el sistema tuviera en cuenta esas opiniones? ¿No sería otra paradoja, pues la libertad de expresión incluye incluir lo que me interese y lo que no en mi discurso, aunque no ayude precisamente al rigor?

Uno puede comprar, cuando quiera, el periódico Diagonal y visitar su web. Puede entrar en Kaos en la Red. Puede estar en Eskup o en los foros comunistas. Puede esforzarse por reflexionar por su cuenta y riesgo, pero siempre teniendo en cuenta que por motivaciones propias, idiosincrasia de la gente que recibirá esa información y limitaciones físicas, la opinión y las noticias no serán seleccionadas nunca de manera totalmente objetiva y equidistante (es más, dada esa perspectiva es beneficiosa una diversidad de medios, aunque es mejor todavía si cada medio trata de no alejarse mucho de los hechos).

Por ejemplo, ¿no es cierto que Kaos en la Red viene a cubrir cierto hueco y que, en vista de ello, tiene un relativo éxito en el universo de la contrainformación?

Un acercamiento a la Declaración Universal de los Derechos Humanos nos explica qué es lo que se entiende por libertad de expresión, acorde a la visión ilustrada y racionalista. Es un párrafo elegantemente bien hecho y lo suficientemente amplio y comprensible, una joya del derecho:

Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

En principio, el enunciado parece sencillo de comprender. Yo puedo ponerme en ese banco, coger el megáfono y decir que tal cosa es malísima. No debería venir nadie a tirarme, aunque también se pueden contemplar otros supuestos: si emito ondas sonoras dañinas para la salud, interfierendo con su correspondiente derecho a la salud, puede encontrarse un motivo legítimo para que se me baje de allí.

Ah, si de investigar se trata y recibir informaciones y opiniones, entonces actualmente, con inmensas bibliotecas y su variedad de prensa, tanto escrita como cibernética, se garantiza ello, al igual que su difusión (esto va a aparecer en público gracias a WordPress.com, luego habrá quien me lea y quien no). Eso sí, cabe suponer que detrás de ese derecho hay cierto grado de avance tecnológico que facilita mucho su cumplimento -los derechos humanos, aunque hayan sido un magnífico invento para frenar abusos, no son tablillas sagradas cuyo cumplimiento está garantizado sí o sí. Funcionan mejor o peor en un contexto socioeconómico y natural dado, como toda ley jurídica-.

No obstante, hay que hacer una apreciación más que interesante y no menos importante: lo que se te garantiza es el derecho de difusión, aunque sea dependiente de los medios tecnológicos y sociales (tu propia familia puede odiar todavía más tu libertad de expresión que instituciones de mayor tamaño).

No se te puede impedir difundir bajo ningún concepto, aunque tu poder de difusión no vaya a ser el mismo que tenga Javier Marías, quien puede publicar sus letras en editoriales ilustres y periódicos de gran tirada porque quienes mandan en esos medios estiman oportuno difundir sus apreciaciones (el derecho de la libertad de expresión incluye difundir lo que desees), creyendo que serán vistas por un público más amplio, garantizándoles así su supervivencia como empresa: no olvidemos que el dinero sirve para ser vendido a cambio de recursos pertinentes como la tinta, los salarios de los empleados o los enormes montones de papel.

Definitivamente, algo erróneo pasa con el rigor, continuamente maltratado por diversos filtros mentales que se nos incorporan como si nada mientras nos desarrollamos como gente y que, de algún modo, nos sirven para movernos fácilmente sin tener que agotarnos mucho. Probablemente quien denunció la ausencia de libertad de expresión, entre tantos males, y vio su opinión publicada en, irónicamente, un periódico local saltó rápidamente a sus conclusiones preferidas. Analizó unos pocos elementos y rápidamente concluyó que la libertad de expresión local era irreal. Quizás se la jugó otra vez la ilusión de tener razón.

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