“Piltdown is my man! My man! And isn’t a myth!”
- Comentario de una chica ¿británica? en la bitácora de Rafapal (no recuerdo qué entrada). Fue eliminado, por cierto.
En las últimas semanas, me he metido entre pecho y espalda tres elementos que, combinados, resultan fatales: divulgación científica, escepticismo racional y conspiranoia en enormes lotes. Sobretodo la conspiranoia, bello hervidero de troles. Donde un servidor puede contemplar en acción lo mejor de la falacia y el retorcer de la palabra hasta límites enfermizos, amén del hipócrita uso de la palabra “ciencia”. ¡Hermosos clones de los religiosos nos han salido! ¡Esa secularización necesita mejoras! Y qué decir de esas invocaciones a Galileo. Ahora tendré que darle un nombre, argumentum ad Galileo. Oh, ¡pero si ya existía el nombrecito de hace muchos años! ¡Soy el ser menos original del mundo! En fin, qué decir de… [brusca interrupción mía, ¡ya he despertado!]
Me disculpo por la tormenta de pérfidas mentiras que he soltado en el anterior párrafo. Me disculpo de veras, desde la válvula aórtica. Ahora les enseñaré un extracto de la Verdad, uno que me pasó un contacto anónimo de gran presencia en la cara oculta de la ciencia. No se preocupen por las contradicciones, el Escuadrón de la Mentira y la Muerte [FBI] se empeña en señalar esos nimios puntos para desacreditarnos:

“El Hombre de Piltdown, verdadero protagonista de esta historia contada por un servidor de ustedes, alguien al cual le van a matar mañana mismico al atardecer, estaba solito en su caverna. Tenía una serie de ideas bien formadas en su cerebro, tan listo como el Homo Sapiens Sapiens reptiliano de clase alta -en resumen, el Club Bilderberg-. Podía escuchar la radio gracias a un motor de movimiento perpetuo que él fabricó con sus manos -eran tierras remotas; las petroleras pasaban de ellas por no tener “chicha” en el subsuelo, amén de estar en uno de los sectores más remotos del interior de la Tierra Hueca-.
A su radio no le faltaba nada de nada: los shows de Alex Jones, uno de los pocos Homo Sapiens Sapiens no-reptilianos y el más sabio sobre la faz de la Tierra “Normal”, Zeitgeist narrado (versión radio) por el mismo Peter Joseph, Las Diátribas del Planeta Global, llevado a cabo por Hal Turner, Exociencia Rápida para Novatos, por Rafael Palacios y Rafael Guerrero, “Aprenda a Construir con Nikola Tesla”, por Anónimo Justiciero VIII (aclárese que estaba muerto, sólo pasaban capítulos repetidos) y demás exponentes de la Verdad, totalmente desnuda en la Tierra Hueca.
Oh, no tilden de primitivo al Hombre de Piltdown. Con su coco y su maña, se construyó también un teletransportador universal de bolsillo (“Lo debo todo a la exociencia y al Tesla ése”, me contó aquel hombre raro mucho después, cuando le vi por Madrid). Y lo usó. De su enclave en la Tierra Hueca, apareció en Washington D.C, presto a exigir respuestas “a los hombres detrás de la cortina”, que no era más que el Senado Estadounidense al completo (todos ellos reptilianos, he de aclarar).
Pero, cambiando de idea rápidamente, el Hombre de Piltdown se fue a la ciudad utópica que había cerca de Washington. Dejaría lo de interrogar a Obama para luego, quizás muuuuuuuucho después. Era uno de los hijos del Proyecto Venus. Bonita ciudad circular con mucho árbol junto, sin duda. Ahí, el Hombre contempló y dijo: “¡Maravillóme! ¡Maravillóme!”. Más se maravilló él cuando vio que le habían preparado una casa, reconociéndole así su personalidad única. Jacques Fresco discursó: “Y es todo un honor que el Hombre de Piltdown esté con nosotros. Era hora de que un habitante de la Tierra Hueca nos visitara y nos comunicara vía radio, a través de sus sentimientos, la veracidad de dicho mundo. Le hemos preparado una casa. ¡Un aplauso para él!”.
El ego del Hombre de Piltdown, una construcción autónoma, se recargó (no olvidemos que en un principio era un humanoide distinto a todo, ahora era aún más distinguido por las partes electrónicas que se había insertado en su cuerpo -¡con la seguridad y garantía de Nikola Tesla y Josef Papp!-). De paso, entró en armonía con el 81% del Universo y abrió su octava puerta del Alma, reservada a unos pocos. Yo creo que éste fue el motivo por el cual el Hombre de Piltdown tendrá muchísima suerte en los años venideros -y estoy amparado por las tesis de V. M. Rabolú-.
Tras todo esto, entró en su casa. Y le ofrecieron unas cuantas suscripciones adaptadas a su gusto: The Flat Earth Society, The International Jew, Año Cero, Jaque Mate, La Revista Exocientífica Oficial de Starviewer, Contraperiodismo Matrix, Granma, Radio Islam, Answers in Genesis, LaRouche Political Action Comitee, Pon tu sabor local en el NWO y Mortadelo y Filemón. Las aceptó todas, sin dudar ni un momento. Y pudo gozar de las bondades únicas de la innovadora habitación todo-en-uno, ¡ese olor a pescado más excrementos mientras dormía!
Caminó el Hombre de Piltdown y en sus manos se halló con su libro PERFECTO, El Protocolo de los Sabios de Sión. Lo leyó y se dijo: “Así que una conspiración judía para destruirnos. Interesante, ¿eh?”. Salió el Hombre por el único camino que conectaba la ciudad utópica con el exterior, una autopista típica estadounidense (en los primeros kilómetros, no había coches). Encontró puestos de venta dispuestos ahí “para joder”. Pregonaba un ser llamado Dotor Matriss y gorda fue la sorpresa: a pocos metros de los yacimientos de orgonita, situados en los laterales de la carretera, vendía Piedras Gorgon con el objetivo de ampliar la mente. Vio el Hombre de Piltdown. Grotesco le parecía, ¿¡golpearse el cráneo para eso!? Y dijo: “No”. ¡Con qué aplomo, seguridad y tenacidad lo hizo! ¡Con qué…! ¡Por eso siempre estaré a tus pies, glorioso ciudadano de la Tierra Hueca! Y os lo digo como narrador que ha comentado las andaduras de un porrón de personajes. No hay ni habrá una réplica exacta de aquel Hombre de Piltdown.
Siguió andando y se dijo: “Peter Joseph me habló de David Icke, un ser que, según él, estaba en todas partes y acudía siempre puntual a su cita con la Verdad. La verdad es que debe estar cerca, al menos siento su frecuencia”. Cientos de metros más allá. Piltdown gritó: “¡Una silueta, una silueta!”. Y se la encontró por la acción temporal de la exociencia (teoría desarrollada en secreto por McManus, nuestro nuevo héroe): “algo parado y uno moviéndose. El tiempo, entendido como concepción lineal, hace lo suyo: El Uno y el Algo tienden a encontrarse juntos cuanto más segundos transcurran. Así sucede siempre”.
Así quedaba la cosa: Piltdown e Icke, juntos. Era definitivo. Icke le habló de su nueva teoría, esta vez infalible y sobradamente probada, “hay en lo que creemos que es el Senado Estadounidense un grupo de mortales trajeados que comen eternamente pollo. Y en el círculo superior, una isla flotante que los Homo Sapiens Sapiens reptilianos como los de mi pueblo nunca verán. Ahí se reúnen los Verdaderos Amos del Mundo”. Asintió el Hombre de Piltdown. Icke, encantado, pregonó: “¡Qué gozo haberme encontrado a alguien como usted! ¡Un hombre muy diferente, uno que no es reptiliano! ¿Podría votar a Ron Paul, por favor?”. Volvió a asentir Piltdown. Se dijo: “¿Y ese Ron Paul? Parece bueno…”.
Pero no, ¡lastimica! ¡hombres tan valientes como él no podrían votar por Ron Paul al carecer de nacionalidad estadounidense! En fin, al grano. ¿Sabéis? El Hombre de Piltdown siguió caminando. Y volvió a Washington, capital del Poder. Para gozo nuestro, se halló con el Pueblo exigiendo respuestas a la pregunta: “A ver… ¿quiénes nos gobernáis de verdad? ¿Los judíos, los Illuminati, los Reptilianos de Andrómeda, la Mafia X o lo que sea?”. Ellos retumbaron. No replicaron. Retumbaron. No replicaron. Retumbaron. Carga policial brutal. Se dijo Piltdown: “Oh, qué pena. Pero no os preocupéis, ¡habéis despertado! ¡pronto ese gobierno caerá y nos imitaréis!”. Y avanzó.
Un inmenso templo a Alex Jones, tan inmenso que por narices debía cubrir la visión de la ciudad de la cual disponían los guetos locales, se estaba construyendo. El Hombre de Piltdown gritó: “¡Qué alivio! ¡Dimana cordura!”. Ya estaba cubriendo con sus pies las aceras, cuando halló un poco de dinero y se dijo: “Ah, dinero deuda. Paul Grignon ya nos lo dijo en la radio: no lo cojáis, que os infectaréis con esto”. Continuó (jo, ya me cansa describir sus andanzas, ¡pero todo sea por él!). Llegó a la Biblioteca Nacional del Congreso, en donde halló al brillante Starviewer. No hablaron. Pensaron al unísono. Leyeron juntos. Unas cuantas lecturas más y minutos más tarde, el Hombre de Piltdown se convenció y comentó: “Hallóme ante mí la lustrosa verdad del mundo. Os dominan. Pero yo lo sé. Necesito tiempo. Esperad”. Se teletransportó sin más a su tierra, dejando todo lo que había obtenido allá arriba, en la “variante normal”.
Se coló en su cueva. Empezó a trabajar. Y semanas más tarde, su medro no defraudó. Había nacido su obra maestra, una bitácora sobre todo lo que iba de pena en el mundo. Salió de su cueva. Gritó a pleno plumón: “¡NO HABRÁ NWO! ¡ME LEERÉIS Y LUCHARÉIS POR LA BUENA VENTURA DEL MUNDO!”. Volvió a su cueva. Nada más. Y ahora debo dejaros yo. Esto es carnaval, por lo que han venido hombrecillos a cogerme. Adiós para siempre. Me voy a tomar esa pastillita antes de que toquen mi puerta. ¡Qué grande ese Hombre de Piltdown! ¡Piltdown o muerte!
Firmado: el Narrador Anónimo Justiciero IX.”