En mi facultad se anunció el horario del encuentro de asambleas contra el plan Bolonia en euskera unificado (euskara batua), bable, gallego, catalán y castellano moderno. Se ha pretendido reconocer a las cinco principales lenguas de la actual España, con la conveniente pátina de progreso y solidaridad con la variedad cultural nacional. ¿Objetivo? Sencillísimo de entender. El respetable espectador se conmueve y aplaude semejante gesto de magnanimidad.
Pero, ¡ay, cuando el barniz se descorre! ¡Cuántos déspotas lingüísticos se nos aparecen! Aquí se ha cometido por enésima vez la misma y grave tropelía: han constreñido y reducido en demasía el riquísimo acervo lingüístico de Iberia. Para empezar, ya se omite a los hijos bastardos del castellano, todos ellos lenguas criollas: papiamento, delicioso manjar de las Antillas Neerlandesas, la Lengua General (Língua Geral), chabacano y su extinta variante, el ermitaño, chamorro, sefardí, la lengua que hereda cierta parte de la judería, y el palenquero.
Se sigue atropellando sin parar, ahora se ignora brutalmente a las fusiones lingüísticas. Usted no leerá aquí nada de, a saber, criollo annobonense, jopará, portuñol, llanito y spanglish. No podrá comprobar hasta qué punto España y su idioma de cabecera se mezclaron en son de paz con la cultura portuguesa, indígena y, más recientemente, la anglosajona.
¡Y no, no se detendrá jamás la Tiranía de Las Cinco Lenguas Escogidas! Ya en territorio español, con qué espectacular ignorancia pasan por encima de tantos idiomas. Con qué rudeza y firmeza el bable patea a sus semejantes: leonés, mirandés, extremeño y demás dialectos aún menores. Gigantesco es el mar catalán, amparado por el eje Real Academia de las Buenas Letras de Barcelona-Cataluña-Barcelona. Cuando le da por reivindicarse frente al masificado castellano anega a sus allegados mallorquines, valencianos y araneses, que van perdiendo fuerza rápidamente.
La aspiradora vasca modelo Batúa todo lo puede dentro de su chico territorio. Con la potencia al máximo, traga todo dialecto vasco que halle: navarro, occidental, suletino, central, navarro-labortano y dialectos menores limitados a pequeñas aldeas sitas en montañas. Al final, lo que hay: enorme bola de pelusa unificada con el más moderno vasco como resultado. A lo lejos, el gallego parece una blanquecina paloma pero de cerca es un sombrío buitre. Se declaró en rebeldía, disociándose así del portugués, y esconde a la fala en un armario muy, muy lejano.
Las cuatro lenguas antedichas son zapateadas con sumo gusto por el Castellano. No obstante, como tiranas menores, son bravas, agonizan y resisten frente a un idioma tiránico que ha echado al árabe, bereber y mozárabe de una tacada.
Se ultima esto denunciando también la grave falta de representación de las lenguas muertas que pasaron por estas tierras: celtíbero, ibero, latín vulgar y culto, fenicio, griego antiguo, tartésico y, muchísimo más atrás, las pinturas rupestres de Atapuerca. Es especialmente ominoso este último caso. Si estos adalides del progresismo ignoran dichas expresiones pictóricas, ¿quién va a representar a unos hombres de hace miles de años para que no se sientan zaheridos?
Nótese que se hace necesario omitir, en aras del espacio, más lenguas que hayan pasado por territorio español o nacido a partir del castellano.
Aunque ocupe mucho más tiempo, ¡empapelad esta facultad con carteles en un mogollón de idiomas más!




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