El aquí presente, mejor en eso de juntar palabrejas que definir formas con algún lápiz, ha decidido presentar sus dibujos y les ha dado una personalidad de segunda mano. Asimismo, se ha erigido en el más feroz autocrítico que estas obras pictóricas jamás hayan conocido. Desde su silla con reposabrazos de plástico, cree engañosamente que saldrá algún loco a alabarle.
Antes que nada, quiere agradecer a su mano por toda la enorme habilidad en el dibujo irregular que atesora y lo bien que se entiende con ese lápiz portaminas verde tan cuco. Y a su escáner, que lo ha hecho todito por él. ¡Por facilitar la vida a los ‘pofesionales’ del dibujo!
También dice que quiere poner su espacio de quejas; odia eso de dibujar caras y si hay que hacerlo, que sea simple y sin dolor.
Orburon, el Glorioso.
Porque se puede ser un penoso dibujante apropiado para el malvado malvadísimo Orburon, cuyas maneras llevaron a que conquistara un pajar de alguna granja de Cuenca que fue consumido por toda suerte de animales. Puntualizando, muy lejos de la ciudad en pleno penoso descampado sin sombra.

Eterno Morador del Pajar Vacío. ¡Rendidle absoluta adoración ciega! ¡Y a mi dibujo-oda! ¡Temedle! Puede subirse a un ascensor y llegar al botón del tercer piso con su oreja derecha. ¿No he dicho ya que levita también? ¡Callad, críticos de arte!
Malvados Cuernos…

¡Pues vete a freír espárragos por ahí! ¡En Armstrong, tu centro comercial más cercano, tienes una cara nueva por 200 euros!
Ah, qué fácil es llegar a dibujarlos de una manera algo comprensible para luego crear diablos de baja estrofa capaces de generar un mínimo movimiento de músculos y curiosidad en el perro del vecino, que se comería a mi subordinado del Infierno si tuviera ocasión. Oh, verdad. Se tiene que conformar con una dieta rica en papel con trazas de grafito.
Zombie, zombie.

Ser capaz de hacer dibujos antropomórficos para que gente de doble personalidad me diga que pinto monas como los cánones mandan debería ser otra metedura de pata gordísima. Y encima el citado mostrenco ficticio no tiene personalidad propia ni transmite sentimientos. Debería arrugar ese papel y anotarme algún triple acertando a la papelera típica de oficina desde la comodidad de mi silla con ruedas.
Pero… ¡claro! Ese zombie se puede mover aunque las infundadas críticas autorizadas den buena cuenta de que parece una estatua, sin líneas que aporten sensación de movimiento. Con las políticas actuales contra la discriminación, merece un enorme respeto como todos los proyectos fallidos, destinados al cruel campo de concentración llamado Basurero Municipal.
¿Qué pide? Ah, una sílaba que se queda estancada. ¡No se le comprende, dita sea! Al menos, guiándonos por el espíritu del Estado del Bienestar, le subvencionamos un suelo mal dibujado en donde se puede sentir más cómodo. Asimismo, le damos más realismo a la cosa. Eso sí, que se busque alguna presa. ¡Generosos somos hoy!
Silueta del hombre-cohete

Porque dibujar formas vagas sin atisbo de imaginación alguna es terriblemente sencillo. Con esa colita sin venir a cuento que regala miedo de saldo a cualquier ingenuo que pase por allí. Bien, con unas piernas de tercera clase… ya tengo completo el individuo.
¡Ahora dirá algo irrelevante que no casará con su personalidad inexistente ni a tiros! Vamos, que cojo alguna frase de un rincón al azar de mi mente y lo pongo en su boca mal dibujada, con una sonrisa simple.
Al menos no le regalo algún suelo, ¡que sepan que ese individuo no merece demasiada misericordia!
Monstruo Marino y la ciudad que opina.

¿Cómo salió? Supongo que de la mitad de abajo nada conocemos. Sólo vemos, y muy bien, la mitad superior. He aquí una bestia muy mal dibujada, con nariz parecida a la de un gorrino, detalle de última hora, y manos incoherentes. ¿Dibujo con líneas y curvas perfectas? ¡Has hecho un buen chiste, doña pregunta!
La ciudad, mediante el rascacielos Morton, opina. Exhibe impúdicamente sus irregulares formas espigadas, rectangulares y sin alma sobre un suelo artificioso con poquísimo detalle. Para terminar de matar la vista al versado en dibujo, diré que es una representación hiperrealista de Nueva York.
Así ha quedado la cosa, muy mala. ¿Por qué debería hacer un monstruo marino publicidad? ¿Por qué debería un edificio de cristal y acero apoyar cosas perjudiciales para sus intereses? ¡Misterios insondables de un dibujante incoherente!
Por cierto, esas manchas negras que ven es para dar un ambiente tenebroso al asunto. El escáner, sin duda, tiene influencias de R.L. Stine, autor de una saga que vendía obscenamente, Pesadillas.
Más incoherencias pictóricas, algún día de éstos. Hora, indefinida.
Pues eso, señores. Cuídense, mi instinto paternal les ama locamente.