Cerebro de Espuma II

Entradas clasificadas como ‘Realidades a 30 cm de mis narices’

Yo, el mayor intelectual de Madrid.

Noviembre 19, 2008 · 4 comentarios

En una de tantas paredes que hay por el edificio de mi facultad, adornadas con papelotes de toda clase, me enamoré de un sencillo documento que, en el breve espacio de 50 segundos, si se prestaba suma atención a la lectura, me formaría para ser un excelente intelectual. Ahora, sabiéndome la teoría, pretendía conquistar a toda clase de público, ya fuera una masa de cinco cabezas pensantes, cincuenta o quinientas, en conversaciones y conferencias de todo pelaje con palabras sacadas tras un magistral uso del diccionario de sinónimos -poderosa arma, por cierto-.

La Gran Conferencia llegó. Había cogido para la ocasión un libro gordo con mucho texto junto; su título, “Planes de Estudio”, destilaba intelectualidad por los cuatro lados. Correspondía a un autor de altos vuelos. Se llamaba Universidad y tenía los siguientes apellidos: Complutense Madrid. Tocaba todo tipo de temas con una prosa apasionante sin igual.

Tenía ya un texto aprendido -respetaba toda norma ortográfica y gramática-, el éxito garantizado y pretendía arrollar con mi discurso virtuoso, fino y lleno de loas. Estaba en una majestuosa sala de conferencias, bien vestido y con un papel que rezaba lo siguiente:

La Segunda Lengua es un conjunto de condiciones metafísicas establecidas para la correcta conversión a ideas ontológicas de la pureza dialéctica, en clara oposición con la difusión étnica que propone, de manera injusta y arbitraria, la doctrina de la Lengua Neerlandesa.

Pero todo fracasó. ¿Qué ocurrió?

¿Sería el escenario, muy pequeño, lleno de elementos incoherentes como el sofá o la televisión y con escasas sillas? ¿La inexistencia de público? ¿El equivocarme de lugar? ¿Haber cogido, sin prestar atención, una alcachofa en vez de un micrófono? ¿Mi voz gutural? ¿El hecho de que aquel sitio estuviera repleto de elementos que me eran familiares y que fuera idéntico a mi propia casa? ¡De verdad, es que no entiendo nada! Hasta me senté y filosofé, con una pipa en mi boca, diciendo de vez en cuando: “Trascendente”, “Interesante” o “Apasionante”. Por otro lado, más negativo, no me llegó ninguna cuestión del público. Bajé un poco la cabeza y simulé entristecerme con total facilidad.

¿Qué hay para el buen intelectual que junta con sabiduría letras y trata de remover conciencias? ¡País!

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Habemus nuevo idioma…

Noviembre 9, 2008 · 3 comentarios

Estaba mirando qué lenguaje aprender; con este castellano a un nivel mínimamente decente, una lengua de señas a nivel medio en la cual a veces no sé si estoy expresando un texto de Shakespeare o el gesto del caos total con las manos y un inglés digno de ser admirado por un tuerto, se imponía la necesidad de incorporar un cuarto idioma y así considerarme un falso poligota. Miré la posibilidad del Klingon, pero se me escapaba a mis premisas de aprenderlo en minutos. Tenía su miga… La luz que necesitaba ver para otro idioma estaba bien apagada.

Hasta que se oyó un sencillo sonido de linterna, un atento ‘clic’. Y poco después, mientras una luz me deslumbró brevemente, pude entrever el dedo de un talAdantxo alejándose del botón provocador de dicho clic. ¡Lo sabía! ¡Maldito, me había cegado durante breves segundos! ¡Pero sí que vi la luz! Un nuevo idioma, de nombre Lafrican, fue lo que me enseñó tras semejante escena. Me tomó muy poco tiempo aprenderlo, en unos cuantos minutos podía exclamar en silencio “¡He aprendido otra lengua! ¡Hurra! ¡Soy un bastardo poligota!”.

Y con lengua tan sencilla, parásita del castellano, ¡me lanzaré a desconcertar por 383º vez al primer extraño que pase!

¿Pero qué demonios es el Lafrican ese de las narices?

Calma, calma. Las autopreguntas no tienen porqué indignarse. A grosso modo, es un lenguaje que consiste en pulsar la tecla que está a la derecha de la tecla correcta para escribir una palabra en castellano. Así sucesivamente, hasta formar una palabra en perfecto Lafrican, a menudo extravagante. Por ejemplo, “Hola” se convierte en “Jpñs”. Sin embargo, hay una excepción. ¿Qué pasa cuando queremos escribir, por ejemplo, “ñoño” en lafrican? Muy sencillo, apretamos la tecla “A”. Así de sencillo y no dejamos un lenguaje lleno de signos extraños. Por cierto, apap es el resultado.

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Relato de un yo que jamás perdió dinero en el intento.

Octubre 22, 2008 · 2 comentarios


Figura 1.1 ¡Cuidado, el dinero opresor está dobladito! ¡Tiene dientes de leche!

Pretendía volver a materializar una fantasía de mi niñez que apareció de repente en mi mente, pero con cordura y planificación. Realicé concienzudos estudios sobre mi capacidad financiera para acometer la adquisición de un bien, seguramente barato. Aquellos estudios pasaban por mirar mi cartera y meterla en el bolsillo de mi pantalón, aparte de contemplar un billete doblado de veinte euros que andaba suelto por la habitación y exhibirlo impúdicamente para Cerebro de Espuma S.L.


Figura 1.2 Amenazador. Fascinante. Abrumador. ¿Qué demonios digo?

Y el camino a la búsqueda de esa fantasía, un estúpido objeto material, que justificaría la pérdida de parte de mi presupuesto empezó. Estaba lleno de terribles aceras llanas, sin baches benditos, con todo tipo de tenebrosas facilidades para el peatón corriente. Como mandaba la ilógica, miraba atentamente las pocas calles que iba cruzando, así evitaba recibir un golpe de suerte por parte de los coches que iban a gran velocidad por el bien del urbanismo.


Figura 1.3 Imagen prestada del archivo de Flickr. Soldados que buscan cómo salir de un plástico.

Esta utopía material, de marcado carácter militar, no la pude alcanzar, y eso que en mi infancia la disfrutaba en su plenitud. En las estanterías de los tres todo a cien genéricos que escudriñé no había rastro de estos simpáticos seres verdes inmóviles, con una base de apoyo grande por debajo de sus pies que se atrevía a divagar sobre el origen de los que supuestamente iban a servir a un ejército norteamericano de juguete; un escueto “Made in China”. Soldados, asépticos, con escasa expresividad, sin personalidad y pacíficos, que dan lugar a las imaginaciones más disparatadas.

Figura 1.4. He aquí una bestial innovación en el mundo de la escritura, el 357º pie de foto de la historia sin foto.

Y ahora, no podré desplegar por el suelo a mi ejército bien ordenado de plástico para montar grandes e increíbles historias de ficción que engorden el archivo de mis weblogs… Se repite exactamente la misma escena, sin los soldados en el escenario. Ah, otra escena. Yo me siento en la silla que acompaña al ordenador, tan mullida ella y con reposabrazos, para imaginar nuevas aventuras, recordando lo que un día llegué a jugar, con mucha inocencia, para formar ejércitos con una organización al nivel de Zambia. ¡Y esta santa casa, la física, no ha perdido nada de espacio disponible, oiga!

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Mis maneras ‘pofesionales’ de dibujante.

Octubre 4, 2008 · Dejar un comentario

El aquí presente, mejor en eso de juntar palabrejas que definir formas con algún lápiz, ha decidido presentar sus dibujos y les ha dado una personalidad de segunda mano. Asimismo, se ha erigido en el más feroz autocrítico que estas obras pictóricas jamás hayan conocido. Desde su silla con reposabrazos de plástico, cree engañosamente que saldrá algún loco a alabarle.

Antes que nada, quiere agradecer a su mano por toda la enorme habilidad en el dibujo irregular que atesora y lo bien que se entiende con ese lápiz portaminas verde tan cuco. Y a su escáner, que lo ha hecho todito por él. ¡Por facilitar la vida a los ‘pofesionales’ del dibujo!

También dice que quiere poner su espacio de quejas; odia eso de dibujar caras y si hay que hacerlo, que sea simple y sin dolor.

Orburon, el Glorioso.

Porque se puede ser un penoso dibujante apropiado para el malvado malvadísimo Orburon, cuyas maneras llevaron a que conquistara un pajar de alguna granja de Cuenca que fue consumido por toda suerte de animales. Puntualizando, muy lejos de la ciudad en pleno penoso descampado sin sombra.


Eterno Morador del Pajar Vacío. ¡Rendidle absoluta adoración ciega! ¡Y a mi dibujo-oda! ¡Temedle! Puede subirse a un ascensor y llegar al botón del tercer piso con su oreja derecha. ¿No he dicho ya que levita también? ¡Callad, críticos de arte!

Malvados Cuernos…


¡Pues vete a freír espárragos por ahí! ¡En Armstrong, tu centro comercial más cercano, tienes una cara nueva por 200 euros!

Ah, qué fácil es llegar a dibujarlos de una manera algo comprensible para luego crear diablos de baja estrofa capaces de generar un mínimo movimiento de músculos y curiosidad en el perro del vecino, que se comería a mi subordinado del Infierno si tuviera ocasión. Oh, verdad. Se tiene que conformar con una dieta rica en papel con trazas de grafito.

Zombie, zombie.

Ser capaz de hacer dibujos antropomórficos para que gente de doble personalidad me diga que pinto monas como los cánones mandan debería ser otra metedura de pata gordísima. Y encima el citado mostrenco ficticio no tiene personalidad propia ni transmite sentimientos. Debería arrugar ese papel y anotarme algún triple acertando a la papelera típica de oficina desde la comodidad de mi silla con ruedas.

Pero… ¡claro! Ese zombie se puede mover aunque las infundadas críticas autorizadas den buena cuenta de que parece una estatua, sin líneas que aporten sensación de movimiento. Con las políticas actuales contra la discriminación, merece un enorme respeto como todos los proyectos fallidos, destinados al cruel campo de concentración llamado Basurero Municipal.

¿Qué pide? Ah, una sílaba que se queda estancada. ¡No se le comprende, dita sea! Al menos, guiándonos por el espíritu del Estado del Bienestar, le subvencionamos un suelo mal dibujado en donde se puede sentir más cómodo. Asimismo, le damos más realismo a la cosa. Eso sí, que se busque alguna presa. ¡Generosos somos hoy!

Silueta del hombre-cohete

Porque dibujar formas vagas sin atisbo de imaginación alguna es terriblemente sencillo. Con esa colita sin venir a cuento que regala miedo de saldo a cualquier ingenuo que pase por allí. Bien, con unas piernas de tercera clase… ya tengo completo el individuo.

¡Ahora dirá algo irrelevante que no casará con su personalidad inexistente ni a tiros! Vamos, que cojo alguna frase de un rincón al azar de mi mente y lo pongo en su boca mal dibujada, con una sonrisa simple.

Al menos no le regalo algún suelo, ¡que sepan que ese individuo no merece demasiada misericordia!

Monstruo Marino y la ciudad que opina.

¿Cómo salió? Supongo que de la mitad de abajo nada conocemos. Sólo vemos, y muy bien, la mitad superior. He aquí una bestia muy mal dibujada, con nariz parecida a la de un gorrino, detalle de última hora, y manos incoherentes. ¿Dibujo con líneas y curvas perfectas? ¡Has hecho un buen chiste, doña pregunta!

La ciudad, mediante el rascacielos Morton, opina. Exhibe impúdicamente sus irregulares formas espigadas, rectangulares y sin alma sobre un suelo artificioso con poquísimo detalle. Para terminar de matar la vista al versado en dibujo, diré que es una representación hiperrealista de Nueva York.

Así ha quedado la cosa, muy mala. ¿Por qué debería hacer un monstruo marino publicidad? ¿Por qué debería un edificio de cristal y acero apoyar cosas perjudiciales para sus intereses? ¡Misterios insondables de un dibujante incoherente!

Por cierto, esas manchas negras que ven es para dar un ambiente tenebroso al asunto. El escáner, sin duda, tiene influencias de R.L. Stine, autor de una saga que vendía obscenamente, Pesadillas.

Más incoherencias pictóricas, algún día de éstos. Hora, indefinida.
Pues eso, señores. Cuídense, mi instinto paternal les ama locamente.

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