Segunda Parte - Más dolor, hacia los orígenes, hacia el número 1.
Algo ocurrió. No podía ser, estaba viendo el final (o el supuesto, por lo que habrá luego). Una plaza con su fuente había roto la fealdad de la primera parte -en cristiano, otra calle se interrumpió por una plazuela de nada-. Pero en este planeta la previsión suele ser una hez en cuanto a calidad de fabricación, ergo, regreso a Villamil, afrontando la segunda etapa con más fealdad aún. Empiezo con el rascacielos más alto de la calle.

El rascacielos más alto de Villamil. Feo. Solitario. Amenazador. Con vistas al Canal Isabel II y a su flora anárquica. Y ahora ocupa un lugar en mi logo, a este paso se hará mundialmente famoso.
Sin duda, se han superado. A ambos lados sólo veo fealdad, vejez y subproductos de la nueva construcción. Además de aburridas grúas de metal con mucha, mucha altura para seguir proporcionándonos los mencionados subproductos que muy disfrutables no podrán ser en esta época de corrección de la locura constructora.

La Garganta del Diablo, semipeatonalizada.
Con incoherencias urbanísticas a gusto del consumidor, del avance (o retroceso, según el mando correspondiente) del tiempo y del Ser Supremo. Con una señal que te avisa de balcón bajo -altos que superen los dos metros, mirad. Sino, tendréis mágicamente sangre en la frente y posiblemente algún chinchón-. Con una “American Store” descafeinada que apenas vende comida, como mucho te enseña a hacer pasteles y más monumentos dignos de ser declarados patrimonio de la Humanidad, como el Supermercado Único de nombre “Supermercados Villamil”, que se esfuerza por no diferenciarse en el fondo de la competencia ofertándote las mismas cuatro cosas de las grandes marcas como Kellog’s. Así es. Sigamos con esa fascinante parte.
Al menos cada edificio es distinto. ¡Incoherencia o muerte! Ah, también abundan los talleres, toda suerte de tiendas de alimentación y los mismos bares conservadores. Y edificios que envidian la altura de su compañero de ladrillo y su relativa juventud.

Ey, Edificio Número Indeterminado, envidio tu juventud y tu altura. ¿Quieres que te cuente cómo éramos en nuestros tiempos?
Cómo no. Es imprescindible un colegio religioso acá. Absolutamente. Y encima es de lo más bello de la calle, hasta quizás gane alguna papeleta aislada en las votaciones a monumento nacional del país. Entre incoherencias variadas y caprichos de los Arquitectos del Ser Supremo, se alza esta majestuosa belleza con andamio veraniego incluido que contiene una grúa de última tecnología sigan ahí en septiembre bendiciendo a un falso ídolo.
Termina la calle, pero quedan algunos detalles interesantes. Las calles adyacentes siguen siendo iguales de feas, deseando ser como la grandiosa Villamil. Atajo de algunos currantes que vivan en el norte, el tiempo que te ahorra te mata con su hastío. Hay algunas pintadas aisladas, como en toda calle y buzones de publicidad. Pero poco más. Ah, existe un oxímoron. Y lo verán abajo.

Interesante oxímoron, ironía empresarial o como lo quieran llamar.
Una auténtica calle, de raza, tiene que acabar bien. Y aquí está, el edificio más feo, repulsivamente feo que hayan visto estos ojos jóvenes, tiernos y sin enfermedades. En realidad, aquí nace Villamil. Y tiene que nacer bien, preparando a los viandantes para latigazos hacia su mirada y su criterio de belleza.

Yo, como ciudadano de Madrid, exijo que este edificio sea monumento de la UNESCO inmediatamente.

















