Ya no se escribe en Cerebro de Espuma… por ahora

Constato que ahora este blog recoge polvo. Me encontraréis en:
Tumblr: Titonesit ’96
Ciencia Social: El sociólogo irrelevante

Pero nunca se sabe… me pregunto cuándo volveré a esto, que en el fondo le sigo teniendo cariño. Y algo de nostalgia: ahí es donde mejoré mi redacción.

¿Queréis hablar conmigo? En los comentarios o a pesfanARROBAgmailPUNTOcom

Sacando trocitos de la Sarta de Estupideces (VI): Una horrible catástrofe semántica

No se ha visto ningún edificio reducido a escombros. No se ha visto una ciudad fantasma. No se han visto éxodos. No se ha visto una economía de subsistencia. La vida sigue en pie, con sus más y menos. Parece tentador decir que no hay una tragedia, que los agoreros, alejados de lo evidente, echan raíces entre nosotros buscando el mero beneficio y el aprovechamiento de los prejuicios de la gente, ¿verdad?

Espera, no ocurre así. En toda esa aparente tranquilidad, hay una catástrofe escondida. Cayendo en una paradoja, como otros tantos discursos fáciles que se enquistan en una serie de argumentos plausibles, no se cesa de decir que no hay libertad de expresión. Si uno está mínimamente interesado y se mete en estos mundos, se encontrará recurrentemente con esta opinión. Se expresa, como en este caso, de la siguiente manera (en justicia, es sólo uno de los puntos y está casi al final del artículo):

Antisistema, porque la tan proclamada libertad de expresión de nuestra democracia no es real cuando el propio ´sistema´ interpreta que es puesto en cuestión; o en todo caso queda en manos casi exclusivas de los Gobiernos o de los medios de comunicación, que la ejercen a su capricho y/o filtran las opiniones que ellos mismos califican de antisistema, como en el caso del reciente movimiento 15-M.

¿Acaso no se detectan fallos de lógica? Aparte de la clásica referencia a un sistema omnipresente que todo lo manipula, está ese sutil pero no menos horrible desconocimiento del Derecho elemental. ¡Y le tengo que añadir la confusión entre causa y efecto! ¿Se consideraría libertad de expresión si lo que se considera como el sistema tuviera en cuenta esas opiniones? ¿No sería otra paradoja, pues la libertad de expresión incluye incluir lo que me interese y lo que no en mi discurso, aunque no ayude precisamente al rigor?

Uno puede comprar, cuando quiera, el periódico Diagonal y visitar su web. Puede entrar en Kaos en la Red. Puede estar en Eskup o en los foros comunistas. Puede esforzarse por reflexionar por su cuenta y riesgo, pero siempre teniendo en cuenta que por motivaciones propias, idiosincrasia de la gente que recibirá esa información y limitaciones físicas, la opinión y las noticias no serán seleccionadas nunca de manera totalmente objetiva y equidistante (es más, dada esa perspectiva es beneficiosa una diversidad de medios, aunque es mejor todavía si cada medio trata de no alejarse mucho de los hechos).

Por ejemplo, ¿no es cierto que Kaos en la Red viene a cubrir cierto hueco y que, en vista de ello, tiene un relativo éxito en el universo de la contrainformación?

Un acercamiento a la Declaración Universal de los Derechos Humanos nos explica qué es lo que se entiende por libertad de expresión, acorde a la visión ilustrada y racionalista. Es un párrafo elegantemente bien hecho y lo suficientemente amplio y comprensible, una joya del derecho:

Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

En principio, el enunciado parece sencillo de comprender. Yo puedo ponerme en ese banco, coger el megáfono y decir que tal cosa es malísima. No debería venir nadie a tirarme, aunque también se pueden contemplar otros supuestos: si emito ondas sonoras dañinas para la salud, interfierendo con su correspondiente derecho a la salud, puede encontrarse un motivo legítimo para que se me baje de allí.

Ah, si de investigar se trata y recibir informaciones y opiniones, entonces actualmente, con inmensas bibliotecas y su variedad de prensa, tanto escrita como cibernética, se garantiza ello, al igual que su difusión (esto va a aparecer en público gracias a WordPress.com, luego habrá quien me lea y quien no). Eso sí, cabe suponer que detrás de ese derecho hay cierto grado de avance tecnológico que facilita mucho su cumplimento -los derechos humanos, aunque hayan sido un magnífico invento para frenar abusos, no son tablillas sagradas cuyo cumplimiento está garantizado sí o sí. Funcionan mejor o peor en un contexto socioeconómico y natural dado, como toda ley jurídica-.

No obstante, hay que hacer una apreciación más que interesante y no menos importante: lo que se te garantiza es el derecho de difusión, aunque sea dependiente de los medios tecnológicos y sociales (tu propia familia puede odiar todavía más tu libertad de expresión que instituciones de mayor tamaño).

No se te puede impedir difundir bajo ningún concepto, aunque tu poder de difusión no vaya a ser el mismo que tenga Javier Marías, quien puede publicar sus letras en editoriales ilustres y periódicos de gran tirada porque quienes mandan en esos medios estiman oportuno difundir sus apreciaciones (el derecho de la libertad de expresión incluye difundir lo que desees), creyendo que serán vistas por un público más amplio, garantizándoles así su supervivencia como empresa: no olvidemos que el dinero sirve para ser vendido a cambio de recursos pertinentes como la tinta, los salarios de los empleados o los enormes montones de papel.

Definitivamente, algo erróneo pasa con el rigor, continuamente maltratado por diversos filtros mentales que se nos incorporan como si nada mientras nos desarrollamos como gente y que, de algún modo, nos sirven para movernos fácilmente sin tener que agotarnos mucho. Probablemente quien denunció la ausencia de libertad de expresión, entre tantos males, y vio su opinión publicada en, irónicamente, un periódico local saltó rápidamente a sus conclusiones preferidas. Analizó unos pocos elementos y rápidamente concluyó que la libertad de expresión local era irreal. Quizás se la jugó otra vez la ilusión de tener razón.

Sacando trocitos de la Sarta de Estupideces (V): Cantatas odiosas

Ké vueltas da la vida, pero ké haces tú
akí, es que ya no te acuerdas,
nos vimos en soweto.
fue una mañana de akel invierno
hostil, en una manifestación, a punto de morir
no sabes si llorabas, de rabia o de
dolor, yo vi caer tus lágrimas entre
sangre y sudor.
Fue sólo ayer cuando el afrikaaner golpeó en
tu sien, sólo ayer, la manifestación,
sí fue, sólo ayer
tortura y persecución, fue sólo ayer,
suplicando de rodillas tu perdón.
¿ahora kién?, kién es el asesino
¿ahora kién?, kién mata sin razón
¿ahora quién?, utiliza las torturas
¡ahora tú! negro cabrón.
Ké vueltas da la vida, pero ké haces tú akí,
esque ya no te acuerdas, nos vimos en soweto.
fue una mañana de akel invierno
hostil, en una manifestación, a punto de morir.
no sabes si llorabas, de rabia o de
dolor, yo vi caer tus lágrimas entre
sangre y sudor,
¡¡negro cabrón!!

Lo que antecede es una fermosa canción, ¿verdad? Digna de ser cantada y oída por el reducto menos extremista, dado que cita el doloroso recuerdo de Soweto, de los seguidores del recién finado Eugene Terre’blanche, padre del AWB, movimiento por la supremacía blanca, la defensa del afrikaans y el neofascismo. O de alguna opción más moderada pero con remanentes de resentimiento.

En su contexto, sería una de tantas reacciones a lo que se puede apreciar en la Sudáfrica de los últimos 15 años. Uno de los países del mundo con mayor tasa de contagio del SIDA, afectando enormemente a numerosos aspectos aunque están mejorando, con un desempleo elevadísimo (sí, superan a España), con nuevas bolsas de pobreza entre blancos que se suman a las tradicionales de los negros, con reacciones insuficientes, con un nivel alto de delincuencia, con actitudes negacionistas del SIDA que perduraron varios años y fueron adoptadas porpolíticos como Thabo Mbeki, expresidente, y delincuencia variada, entre las cuales destacan los abundantes homicidios, la corrupción, el asalto a granjas y los robos de coches.

Se puede seleccionar e interpretar lo expuesto en el párrafo anterior y quedarte lo suficiente impresionado por la lectura de obras como Desgracia, de J. M. Coetzee; todo ello es una causa previa para una indignación desde diversas ópticas, aunque, sin duda, no sería ningún giro de tuerca: emplear recursos artísticos para la crítica social no será cosa nueva, ahí está Aristófanes.

En verdad, lo que viene es una pequeña sorpresa. Esta canción con tono racista no es más que una leve variación de otra. Su estructura, básicamente, casi no difiere con respecto a la original, titulada “Nos vimos en Berlín” y perteneciente a Soziedad Alkoholika. Su letra se puede leer. Y escucharse. Posteriormente, en una polémica reedición de la canción, cambiaron “judío cabrón” por “jodido cabrón”, explayándose, asimismo, en que con “judío cabrón” se referían a los del gobierno y su política para con los territorios palestinos.

Accidentalmente, todo su contenido resulta ser una oda al parlamento de oídas. Para empezar, usa un recurso manido en esas polémicas palestinas, el de estar del lado, intuitivamente, de los débiles. Se crea una hermosa relación maniquea en donde el que tiene el ejército más fuerte tiene que ser, por necesidad, el malo, mientras el débil es el bueno. Se usa, asimismo, un argumento manido, el de comparar a Israel con los nazis, considerado una muestra de neoantisemitismo según la agencia europea de los derechos fundamentales. Grupos tan diversoscomo algunos islamistas usan ese mismo argumento.

Y eso nos retrotrae a un sencillo asunto del cual surgió mi idea. Con qué saña puso negrita en donde “judío cabrón” un tal Proyectosax en Menéame cuando citó esa canción. A Khyros no le gustó y él continuó, erre que erre. Y se unieron otros. Como si se hubiera enquistado en ese condenado debate, con los mismos argumentos que expongo aquí, la misma incomprensión. Y, efectivamente, así es.

Se señala a Israel como el monstruo imperialista de turno, el Coco. ¿Que los árabes llevan muchos siglos en decadencia, desde incluso mucho antes del colonialismo europeo, si exceptuamos puntuales descubrimientos de petróleo?¿Que han traducido menos libros en los últimos 1.000 años que España en el último año? ¡Minucias! Por fin, un enemigo exterior al cual culparle de sus males. Como cuando Cuba tiene el sencillo muñeco de paja del embargo para sentenciar que su economía no va todo lo bien que quisiera por ese factor. Y encima recogieron a los cristianos el testigo del antisemitismo.

Personalmente, de todos esos debates he salido encontrándome con un gran desconocimiento de Israel (lo confieso, yo también desconozco bastante, pero voy aprendiendo) y de la situación. Llamarlo genocidio es una patada a la semántica. Vamos a ver. Asombra la parsimonia con la que muere la gente  en comparación con el rápido y eficiente ritmo carnicero del III Reich. De hecho, han muerto muchas más personas por accidentes de coche en los Estados Unidos de 1997 a 2005 que las muertes a raíz del conflicto israelí-palestino, que dura ya 63 años.

Una revisión histórica a machamartillo nos indica que la cosa no es tan sencilla ni la maldad o bondad de ambos bandos está tan marcada. Por ejemplo, tras el acuerdo de Oslo, se pudo ver un apreciable incremento en el número de atentados terroristas contra civiles israelíes. Y que en Israel hay un grado de libertad y crítica bastante apreciable, como se puede ver en la variada composición de la Knesset (parlamento), para nada bipartidista, o medios como el Jerusalem Post o el Haaretz.

Sin duda, la historia es muy compleja. No es nada fácil escarbar, por ejemplo, entre los detalles de lo que pasó en los primeros años del estado israelí y sus antecedentes: según qué versiones, los matices pueden cambiar, jodiendo así la posibilidad de un relato histórico lo más fidedigno posible. Hay que andarse con cuidado, pero lo que es, sin duda, un error es decir que los palestinos, por ser más débiles, son el pueblo bueno. ¿Desde cuándo es sostenible desde la lógica esta perspectiva?

Ved, ved el Palestinian Media Watch y asombraos. Es que no es tan fácil reducir la cosa a mero odio contra un estado israelí automáticamente opresor: a veces no es fácil detectar si hay antisemitismo oculto en una crítica a Israel. Como bien animaba un embajador israelí en Uruguay, ¡leed todo lo que podáis y sed críticos, esforzaos y pensad! No desaprovechéis la larga tradición judía de crítica, reflejada en el Talmud. No os reduzcáis a alabar y citar acríticamente canciones supuestamente vitriólicas que denuncian y llaman la atención, pero que se quedan en la superficie.

Citas extraordinarias requieren pruebas extraordinarias de su autoría

Y parafraseando con el título, ésta es la historia de una frase que ha sido transmitida entre gentes y reinterpretada, perdiendo y ganando matices en el transcurso de varios siglos del pensamiento crítico, en una muestra práctica de la mejor transmisión cultural, la que tiene por vehículo unos cerebros orgánicos imperfectos y con una memoria orgánica que nunca procesa perfectamente toda información.

Para ello me he inspirado en una de las gentes con la que más he aprendido en mi vida, Chemazdamundi, y su extraordinario artículo ahondando en el origen de una de las frases que peor se han citado y que, asimismo, nos da todo un tratado de cómo usar bien las frases y de cómo desconfiar de la gente que parece haber sustituido la capacidad del pensamiento abstracto y de formarse opiniones propias a partir de la información que procesamos por frases que, con algo de esfuerzo, suenan bien y se almacenan en la memoria. Frases que son usadas como comodines para el debate.

Sí, ¿quién no recuerda esa maldita manía de citar autores sin poder hallar referencia concreta alguna? Algunos te dirán que Carl Sagan dijo aquello de que Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias o, en su original, Extraordinary claims require extraordinary evidence, frase comúnmente citada porque es un muy buen epítome del pensamiento crítico y que queda muy bien como encabezado para alguna web del ramo. No quiero dejar de señalar la deliciosa ironía que hay detrás, citando malamente al autor original y desconociendo su trasfondo.

Me la he encontrado varias veces por ahí, pues se ha quedado en las mentes de muchos cuando el mismo Sagan pronunciaba aquella frase en el documental Cosmos, en los comienzos del capítulo 12 (Enciclopedia Galáctica), hablando sobre las pruebas para saber de la existencia de extraterrestres. Sabía que él no la había ideado, pero creía que era de David Hume. Al respecto, nadie debería tener por qué sufrir una página incompleta en la Wikiquote en castellano sobre Hume en donde sólo se menciona como fuente un libro de Círculo de Editores publicado en 1995, sin que aparezca por ningún lado el título del libro ni su autoría.

E investigué porque de los errores se aprende. Escarbando, se puede observar que la frase efectivamente, es de Marcello Truzzi, escrita en 1978, a modo de resumen de una pregunta básica, el grado de evidencia que se necesita para demostrar las aseveraciones paranormales, aunque anteriormente ideada, acorde a su confesión.

La frase apareció ante el mundo en su artículo On the extraordinary: an attempt at clarification. Asimismo hay que agregar que es ligeramente diferente de la enunciada por Carl Sagan. Truzzi dice An extraordinary claim requires extraordinary proof, mientras Sagan pronuncia Extraordinary claims require extraordinary evidence, posiblemente recordando de manera imperfecta esa frase que leyera en la incipiente revista Zetetic Scholar.

Aunque no se pueda confirmar totalmente, esto suena plausible dado que Carl Sagan estuvo durante muchos años en el Committee for the Scientific Investigation of Claims of the Paranormal (CSICOP), dedicado a la investigación crítica de lo paranormal y la ciencia marginal, y es de suponer que fue, además de fundador, un miembro bastante activo, aunque hay que recordar que Truzzi, a pesar de ser también fundador del CSICOP, se fue un año más tarde por desacuerdos y desacordes. Ya fuera de dicha organización, fundó la revista Zetetic Scholar, en donde sale su famosa frase. Es probable que alguien le hablara de dicha revista y que la conociera, pero esto ya va más allá de su investigación. Aunque sea algo muy plausible y que lógicamente puede pasar, no lo puedo confirmar.

O que la leyera también en el primer número de The Zetetic, en 1976, la revista oficial de la CSICOP, ahora conocida como Skeptical Inquirer, bajo la forma de And when such claims are extraordinary, that is, revolutionary in their implications for established scientific generalizations already accumulated and verified, we must demand extraordinary proof, como parte de una editorial escrita por el mismo Marcello Truzzi. Aunque, personalmente, no he podido encontrar dicha editorial, pues en su archivo sólo se halla un artículo de ese primer número. La cita bibliográfica la hallé investigando de dónde procedía dicha frase, por lo que quedaría confiar en quienes pudieron leer dicha revista.

Por otro lado, en una de sus biografías se puede leer que la frase se le ocurrió tras una lectura de David Hume, pero esto no es exacto. De hecho, el artículo en la Wikipedia en inglés es bastante mejor. Si echamos una ojeada a un artículo suyo, On Some Unfair Practices towards Claims of the Paranormal, podemos trazar de manera más exacta las inspiraciones de su frase, siempre que nos fiemos de su testimonio: David Hume, Laplace y demás autores posteriores, en donde no menta a nadie.

Cuando la volváis a usarla, por favor citad a Marcello Truzzi. Por favor. O disfrutad citando a David Hume y su A wise man, therefore, proportions his belief to the evidence, que se halla en su libro An Enquiry Concerning Human Understanding, traducida al español como Investigación sobre el entendimiento humano. También podéis gozar de otra frase de Hume, del mismo libro, que le ha inspirado, de acuerdo a su testimonio, the evidence, resulting from the testimony, admits of a diminution, greater or less, in proportion as the fact is more or less unusual.

O a Laplace, posterior a Hume, de quien asegura Truzzi que es otra de sus inspiraciones, y su The weight of evidence for an extraordinary claim must be proportioned to its strangeness, aunque hay que decir que la Wikipedia cita este artículo como fuente que sólo menciona la frase de Laplace, sin citar de dónde procede, y en Wikiquote no hay nada.

Sacando trocitos de la Sarta de Estupideces (IV): ¡Apela a la tradición!

I

No se han intoxicado con plomo. Caminan entre nosotros. Llevan su vida más o menos bien. Son ciudadanos de pleno derecho. Pueden disfrutar de gozosas condiciones de vida. Nadie se frota a propósito cadmio en la cara. Y gustan de ir al médico científico (oh, en honor a la verdad, no ocurre siempre). Vamos, serían gente absolutamente normal. ¡Si hasta caminan como nosotros!

Sin embargo, a veces hacen tonterías (o a menudo) como nosotros. De la ensalada de sesgos cognitivos y falacias que saborean de continuo, hoy quiero hablarles de una cosa harto común que les ocurre, sobre todo a partir de una cierta edad: el prejuicio cognitivo de la nostalgia, traducido como la falacia de la apelación a la tradición, parte de otra falacia, la ad populum. Y ahí comenzamos a ver las excelencias de la vida acomodaticia y la memoria selectiva: ahórrese complejos análisis del pasado, quédese con las rémoras de excelente pedigrí aprovechando la memoria selectiva.

Así uno puede hacer ya uso de dicha falacia. Caca del pasado, malo. Se borra, fuera. Y ya tenemos esa imagen sesgada del pasado, en donde alguien quedará en decir que España hace veinticinco años era un vergel (o insinuará que es mejor que lo que hay ahora), basándose en detalles superficiales, como que había “menos” malotes (entronca directamente con la estadística intuitiva, en donde la cagamos con gran estrépito).

II

¿Quieren ver un ejemplo práctico? Señores, en los favoritos de mi navegador dormitaba un artículo que viene como anillo al dedo. Justamente ahí hay un canto a la nostalgia campestre, que se culmina con una letra musical un tanto demagogica, cargando las tintas contra la vida urbana (¿no habría que señalar la obviedad de la incertidumbre del futuro, cosa que también ha ocurrido con gentes de todas las generaciones?).

Y lo que puedo leer entre líneas me indica que hay que correr al pasado, siendo ésta la opción segura, aún cuando sea igualmente incierta la aplicación de dichas ideas a la luz de nuevos factores de toda índole, como la revolución verde, que permitió menos trabajadores y mayor producción. O el éxodo rural, que está ocurriendo en los países menos desarrollados (la agricultura en esas zonas, al carecer de acceso a tecnología moderna en muchos casos, es uno de los trabajos más penosos que existen, con una productividad muy baja).

Fiándome de la letra, uno puede ver cómo se confirma esta alusión a un pasado ideal: la idealización del propietario, de la bomba demográfica, de los hábitos antiguos, etcétera. Se observa un enorme simplismo, una incomprensión de lo que ocurre actualmente. Es pura apelación gregaria a los sentimientos, algo que se ve confirmado en los comentarios, como éste, que confunde disidencia con veracidad:

Los gregarios de la partitocracia se molestan porque aún queda aguna hebra rebelde en este uniforme tejido social almidonado. Parece que el derecho a la libertad se reserve a los prosélitos de la Cultura de la Muerte pero es cuestión de tiempo que, como vulgarmente se suele decir, les vaya a salir la burra capada; a todas las consideraciones morales hay que añadir una fuerza de la naturaleza: el instinto de conservación de la especie, radicalmente contrapuesto a los postulados políticamente correctos.

Igual la nostalgia no es tan idílica. En el país al cual alude la letra, Canadá, la mortalidad infantil en el pasado era elevadísima (en 1908, si nacías, tenías más del 20% de posibilidades de espicharla; ahora, poco más del 0,5%). Esto explicaría, principalmente, porqué nacían más personas: la elevada mortalidad era el precio oculto derivado de un crecimiento natural relativamente lento.

Ésta y otras pruebas son necesarias para combatir esa reacción defensiva de la alusión a un pasado ideal, aunque uno sea consciente de que el progreso nunca es lineal, que se puede ir a mejor o peor. Pero, sin duda, los análisis sesgados no ayudarán. Tiene que haber algo más, un análisis crítico que contemple numerosos factores. ¿Podemos hablar de la contaminación, de la transformación de los valores? Vale. Pero también hablemos de cómo se ha descendido brutalmente la mortalidad.

III

Por añadidura, en la misma web hallo un manifiesto que, aunque saluda los ingenios del presente, condena el materialismo y la pérdida del espíritu humano, recurriendo para ello a los clásicos de la filosofía y concepciones anticuadas. No pretenden adherirse a la trascendencia religiosa en un principio, hablando del espíritu en sí, pero al final se ven obligados a adherirse a concepciones profundamente relacionadas con Dios. En los posos, se ve esa sempiterna condena a los contemporáneos, quienes “sólo encuentran el sentido de su vida en el consumismo” y “han sido dominados por el materialismo”.

Parece casi una caricatura imaginarse al ser de la edad media pensando en el sentido trascendental, cuando el intenso trabajo en la agricultura de subsistencia, con muy pocos medios tecnológicos y una productividad bajísima, le agotaba la mente y cuerpo, cuando tenía que sufrir a un señor ávido de beneficios y que tenía sus alianzas políticas, y su analfabetismo era casi absoluto. Y, para acabar de empeorar las cosas, parece que no cita los avances en el respeto de los derechos humanos y la dignidad de las personas como parte del pretendido espíritu, dador de propósito y el argumento que ellos usan para distinguirse de los demás animales. Después de todas esas, en apariencia, profundas palabras sólo queda una visión desoladora y simplista del mundo, como ocurrió con la canción que cité más arriba.

Un mundo parvo en donde hemos perdido el norte y, ¡oh sorpresa!, nuestro tiempo está dominado por el ocio y la producción. Como, ¡oh sorpresa!, antes, sólo que con mucha menos variedad de ocio, otros valores, una estructura socioeconómica muy distinta y trabajos más miserables, con la grave amenaza de las enfermedades: si uno analiza las biografías de numerosos productores de cultura, ciencia y filosofía de hace varios siglos, encontrará cómo, de una manera u otra, tenían situaciones mínimamente gozosas que les permitían más tiempo para reflexionar sobre sí mismos y sobre la circunstancia del mundo, además de tiempo y espacio para crear aquellas obras que a tantos han conmovido. En según qué casos, estaba el mecenazgo o la herencia de fortunas, porque, al fin y al cabo, todo ese reflexionar y crear no es posible sin un mínimo sustento: que nunca se nos olvide nuestra marcada herencia animal.

Y si es por espíritu, conozcamos el proceder violento de la humanidad a lo largo de diversos tiempos y lugares, muy bien contenido en el libro El lado oscuro del hombre, una obra multidisciplinar del etólogo y ecólogo Michael P. Ghiglieri que trata sobre la violencia masculina. O recurramos a ese ensayo del psicólogo evolucionista Steven Pinker sobre la historia de la violencia, en donde nos sugiere que miremos más allá de las cifras absolutas del siglo XX, más de cien millones de muertos por diversas canalladas geopolíticas e ideológicas, y veamos la proporcionalidad: en una simple tribu, el porcentaje de personas asesinadas puede superar al de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial en relación con la población europea del momento.

Parece que no hay mucha coherencia entre la grandeza del espíritu y la violencia como solución fácil a la lucha de recursos en el pasado, cuando la diplomacia y demás sistemas éticos no conocían el grado de desarrollo del cual disfrutamos ahora.

Conviene, nuevamente, recordar la inexistencia de una era dorada a lo largo de la historia, pues todo tiene su precio y nada parece indicar que todos los factores contenidos en la idiosincrasia de una sociedad funcionen cual engranajes maravillosamente dentados y engrasados. Sólo parece ser posible hablar de una época ideal a través de una memoria selectiva y de la ausencia de numerosos factores en el análisis. Todo debe cuadrar, aún cuando sean imprecaciones contra la lógica, para que suene bien. Debe haber una coherencia en el relato, debe haber un panegírico que, a ojos del que sabe de lógica, suena extraño.

IV

A la luz de todo eso, ¿cómo sustentar un pasado idílico? Parece necesaria una falaz reducción al absurdo, ¡digamos ya que los neandertales eran iluminarias que nos hubieran llevado a lo increíble, a algo insólito! Sólo que el curso de la historia, fatalmente, siguió otro camino y nos fuimos degenerando eternamente. Y seguiremos. Dígase eso, mientras el rótulo reza que usted es autoridad en algo. Seguirá faltando a la evidencia, pero qué importa.

Sacando trocitos de la Sarta de estupideces (III): lo que quedó de las pinzas LASVI.

Con este anuncio a reventar de cutrerío y retórica eficaz pero huera, empieza la larga búsqueda de un viejo timo de los años 90, las pinzas LASVI y uno de los antecesores de la Power Balance como bien sugería un usuario de unos foros que frecuento. Sin embargo, la diferencia es que del Power Balance hay muchísima información circulando, vídeos de prueba e interminables debates de estúpidos frente a inteligentes. En cambio, de las pinzas ésas sólo hay pocos murmullos en la red, siendo estos comentarios vagos testimonios, incidiendo solamente en el recuerdo de ese producto.

Seguramente existían voces comentándose las unas a las otras sobre esa novedad. Y otras voces desconfiadas, rememorando timos aún más antiguos y hasta comentando el absurdo de una pinza en una oreja para remediar el dolor. Sin embargo, esas voces se perderon en el infinito de las memorias humanas, frágiles soportes biológicos. Ahondando un poco más, encontramos un comentario que resume todo lo antedicho, todo lo que se dijo en su momento:

Cuan­do veía a mi madre con las pin­zas pues­tas se me venía el alma a los pies. El ser cons­cien­te del frau­de, del efec­to pla­ce­bo, el saber que mi madre lo sabía, pero que se en­con­tra­ba tan mal que ne­ce­si­ta­ba creer en algo. Lo ri­dícu­lo que es ha­blar con al­guien que tiene pues­ta una piza de la ropa en la oreja; el tener que decir que se sen­tía mejor; el ver como un día, sin re­pa­rar en ello, la pinza des­a­pa­re­ció, son cosas que uno de­be­ría haber ol­vi­da­do.

Y lo hallamos en el artículo de referencia si se quiere saber que esa idea aleatoria de un mercachifle existió y formó parte de la teletienda clásica. ¡Copón santo! Trazando, también sabemos quién es ese mercachifle: Carlos Lasvi, acupuntor de profesión. Cavando todavía más, encontramos el nombre técnico para esas pinzas, pinzas de presión auricular. ¿Sus usos? Por si la explicación de Jesús Puente no bastara, he aquí:

Denominadas PINZAS LASVI. Estas pinzas, en forma de media luna, con un sistema lateral de presión, sirven para aliviar las molestias de cuello y espalda. Este efecto se produce cuando las placas superior e inferior de las que se componen, presionan sobre los puntos auriculares donde se refleja la columna vertebral. Prótesis con registro sanitario.

Sí, recuerdo a esos nativos de islas del Pacífico construyendo aviones en honor a John Frum, esperando el cargo que les llevaría a un mundo esplendoroso. Carlos parodiaba cierta retórica sanitaria, esperando que la gente cayera en esa trampa de la plausibilidad que costaba 4.830 pelas, rozando los 35 euros o más de la Power Balance. ¡Sigo! ¡Más, más!

Una firma de abogados, Gálvez Abogados, ofrece la posibilidad de hacer una inversión comercial en las Pinzas Lasvi, ofreciéndonos venderla. Se nos abre un mundo de posibilidades, ¡el banner nunca visto de un timo que buscaba resucitar, incluyendo menciones al mundo tecnológico moderno!

Banner de pinzas antidolor LASVI

Clic. Fatal clic en cierto enlace que amplía la información. Y tenemos ese manual de instrucciones que, en un par de páginas, advierte del funcionamiento real de las pinzas, hablándonos de reflejos orgánicos en la oreja. ¡Fascinante, oye! ¡Toca un punto de una oreja humana, que varía lo suyo según la configuración genética, y aliviarás las molestias de un punto aleatorio! Vayamos al final del todo, al cuadro azul.

Las PINZAS LASVI tienen como objetivo aliviar y dar una sensación de relajación y bienestar, por tanto no debe en ningún momento dejar de consultar a su médico.

Sí, un aviso legal para quedar bien y no matar en demasía. Aunque si se lee bien, se ve cómo Carlos Lasvi tiene que hacer una concesión: implícitamente es placebo.

Y con todo eso, parece que hemos de apuntar un dato: en ningún sitio, encontramos referencias bibliográficas del funcionamiento de las pinzas. Ni parece que haya una sesuda investigación detrás. ¿No es fascinante? Su currículo parece gordo, pero en Google Académico sólo nos encontramos con dos artículos suyos, no muy citados por lo que se ve. Y buscando “Carlos Lasvi reflejos orgánicos”, nada de nada.

¿Podría ser que busco mal? Sí. Se me olvidó dar otro dato: las pinzas LASVI se basan en la auriculoterapia, parte de la acupuntura. Este artículo la pone a caer de un burro, recordándonos por qué está con otras corrientes médicas de dudosa fiabilidad, y lo que encontramos en el mundo de los artículos científicos no es mucho más alentador.

Tenemos ese estudio cruzado y controlado que demuestra que la auriculoterapia no es efectiva para el dolor crónico, justamente lo que esas pinzas pretenden combatir, preveniéndonos del entusiasmo. Otros estudios probarían que no es tan efectiva. Y que podría tratarse de estimulación nerviosa, simplemente (al pinchar en algún punto del cuerpo, obviamente activas algún nervio). He aquí más resultados.

Acabada la digresión, he de especular con que esos engendros de plástico podrían estar en los más recónditos rincones de algunas casas. Podrían estar en los mercadillos como baratijas, como recordatorio de un pasado en donde Carlos Lasvi, posiblemente, aumentara su patrimonio económico (no he podido encontrar datos de ventas, aunque sí sé que el precio es sospechosamente más alto que un ibuprofeno, que tiene su reacción química y causa efectos en el cuerpo, tanto beneficiosos como adversos: nada sale gratis, de momento). Y los diversos plásticos no parecen ser notablemente caros, incluso cuando son reciclados.

Y eso es lo que hay: se vendió, algunas gentes cayeron y otras avisaron. El eterno ciclo de los mercachifles. Ese maldito ciclo. Esas malditas recurrencias de la amplia naturaleza humana.

Epítome de una salvaje ausencia

¿No se habrán extrañado, visitantes? O ausentes, que viene a ser casi lo mismo. Esa bitácora publicaba con cuentagotas: cada mes, unos artículos. La reflexión era leve, entre seria y absurda. O por lo menos la recuerdo así. Tenía siempre unos borradores en la mente, unos artículos a punto de ser publicados que se frustraban. Pensar era barato, hacer, caro. Esta alcoba parecía ser el rincón de un escritor dado a la desidia pero que asomaba de vez en cuando para mostrar que estaba vivo. Pero… pero… un día, algunos entraron y sólo vieron una cortina moviéndose. Era la brisa que soplaba. El autor estaba ausente. Salvajemente ausente. Pasaban los meses. Seguía ausente. Sí, un tremebundo paréntesis.

Todo eso tiene una explicación coherente. Este autor no es sólo autor. Su auténtica profesión es la desidia y la anarquía en su vida. En los primeros compases de la ausencia, estaban ideas que se atascaban sin que yo, oh autor, pusiera mucho de mi parte. Luego, me entregué a la creación de un sitio web sobre ciencias sociales, un viejo anhelo que había ido creciendo a medida que leía y reflexionaba. Huelga decir que esa web también lucha contra la desidia. El tiempo avanzó. Se giraron varias tuercas en mi vida. Leí más que nunca (o casi): me dediqué (casi) por completo al ensayo científico y mejoré en mi habilidad de divulgación, algo que parecería improbable hace años, cuando esta bitácora moraba en Blogspot. Profundicé en mi relación con una gran amiga, hasta el punto de amarnos. Más que un leve giro de tuerca, fue un gran giro.

Absolutamente todos los artículos anteriores de esta bitácora eran las confesiones e invectivas de un vago solitario y que se mantenía a flote en el mundo desarrollado. Ya no. Esta vida ha cambiado. Aparte de ganar una gran amiga y una relación muy profunda, he tenido sensaciones que nunca había notado antes. Cosas nuevas en la vida, cosas que dan la razón a los que defendemos su variedad. Pero… escribiendo esas líneas, noto que se me cae una lágrima. Sigo siendo el viejo McManus, ese extraño divagador que se divertía explorando en los senderos cibernéticos y clamando, intentando expresarse en un estilo particular que ha ido sufriendo variaciones con el tiempo, a medida que iba practicando (incluso en esa tormenta de desidia no cesé de escribir: vean mi pequeña bitácora, que, en parte, ha acabado llegando a sustituir a ésta o lo comentado en diversas comunidades y en Ciencia Social).

Por lo demás, vagueé más de la cuenta y visitaba ocasionalmente esta web para que la brisa no aparentara estar sola. Después de muchas ideas acumuladas en mente para el retorno y un impulso repentino… Vuelvo. Con, al menos, un artículo por mes, hasta que reciba en mi línea de flotación otro misil de la desidia.